Entre 1980 y 2014 en Medellín fueron asesinadas, de manera selectiva, 19 mil 832 personas. Además, dos mil 784 fueron desaparecidas forzosamente. La ciudad ha sufrido, durante muchos años, de múltiples violencias y sus habitantes han encontrado formas de resistencia civil y memoria que les han ayudado a sobrevivir y llevar su dolor. Los altares espontáneos son una muestra de ello.

 

Por: Johansson Cruz Lopera – Alma Mater

Imagen de portada: Yhobán Hernández

Durante años Medellín fue considerada una de las ciudades más violentas del país y del mundo. Muestra de ello, en 1991 fueron asesinadas seis mil 810 personas, según cifras del informe Medellín: memorias de una guerra urbana, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica —CNMH— y la Corporación Región, publicado en el año 2017. En sus montañas se esconde el «rastro de la violencia en el paisaje de la ciudad», como lo llamó Sandra Patricia Arenas Grisales, doctora en Memoria Social de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro y docente de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia.

«Las bombas en lugares públicos, el aniquilamiento de líderes de izquierda y defensores de derechos humanos, el secuestro, los asesinatos de personas consumidoras de drogas, trabajadoras sexuales y habitantes de calle, las masacres de galladas de jóvenes, los ataques terroristas y con explosivos, el miedo y la zozobra colectiva han consolidado esta imagen», dice el informe.

Entre 1980 y 2014 en Medellín fueron reconocidas 132 mil 529 víctimas del conflicto. De ellas, 106 mil 916 sufrieron de desplazamiento forzado; 19 mil 832 fueron asesinadas y dos mil 784 están desaparecidas. Se estima que 6 de cada 100 habitantes han sido víctimas directas del conflicto armado y las violencias asociadas, según datos del Observatorio del CNMH y la Unidad para la Atención y la Reparación Integral de Víctimas.

El conflicto armado se comienza a configurar en la década de los 80, no solo por la presencia de grupos paramilitares de primera generación, como suelen llamarse, sino también por la presencia de algunas insurgencias en la ciudad. «No era una presencia muy marcada, pero ya en los 90 se verá más fuerte. Y posteriormente, finalizando los 80, aparecen las milicias populares, más la acción represiva del Estado. Todo esto configuró el escenario de violencia en la ciudad», explicó Irene Piedrahita, docente vinculada al Instituto de Estudios Políticos de la UdeA.

Entender todo lo que pasó en estas décadas es fundamental para comprender los procesos que se generaron posteriormente, como los actos de resistencia civil y de memoria por parte de los habitantes de la ciudad. En ese rastro de la violencia, la profesora Arenas ha investigado y documentado algunos altares espontáneos y narrativas de luto en la ciudad.

«Los altares espontáneos son rituales de luto en el espacio público creados como respuesta frente a muertes consideradas injustas. Son formas de acción política no institucional, que tienen como objetivo llamar la atención para lo que aconteció, expresar su indignación y evitar que acontezca de nuevo», escribió la investigadora Sandra Patricia en el artículo Luciérnagas de la memoria, publicado en la Revista Interamericana de Bibliotecología en el año 2015.

Según Yhobán Camilo Hernández, editor y gestor de formación del proyecto Hacemos Memoria, de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la UdeA para investigar, discutir y proponer un diálogo público sobre el conflicto armado y las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Colombia, estos altares espontáneos tienen una carga de denuncia, le dicen a la sociedad que alguien murió ahí y que sucedió un hecho de violencia. «Además, tiene una carga liberadora para las víctimas y sus familiares; de alguna manera, con este altar, desarrollan una práctica simbólica que les permite dar el paso del duelo y sacralizar la muerte de su ser querido», afirmó.

Los altares están localizados en la frontera entre la parálisis, el miedo y el estupor que la muerte produce y la necesidad de hacer algo. En todos los casos tiene una connotación claramente política. «No podemos olvidar que las personas realizaron estos altares en medio de situaciones de extrema violencia, miedo e imposición del silencio por parte de grupos armados o de medidas legales o extralegales ejecutadas por el Estado», expresó la docente Sandra Arenas, autora de la investigación Memoria en la calle: repositorio de altares espontáneos creados en Medellín entre 1980 y 2014, publicada en 2018.

Estos altares fueron creados por pequeños grupos de amigos, vecinos o la misma familia. No hay presencia de ONG u organizaciones comunitarias, sociales o estatales en la elaboración. Tampoco tuvieron un reconocimiento institucional por parte de la Alcaldía de Medellín o de otro organismo del Gobierno nacional. Para Gonzalo Sánchez, exdirector del Centro Nacional de Memoria Histórica, es necesario privilegiar las memorias de la violencia cotidiana, pocas veces documentada, casi invisible, pero que acostumbra dejar profundas heridas en los individuos que la padecen.

Estos son algunos de los altares espontáneos que se encuentran en la ciudad de Medellín y que fueron documentados por Sandra Arenas, docente de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la UdeA:

 

Mural en la iglesia Santo Domingo Savio 

En este mural, construido en 2005, están escritos los nombres de 386 personas asesinadas, con una particularidad: en él están inscritos los nombres de las víctimas y de los perpetradores. Fue construido como parte de un proceso que procuraba la reconciliación y el perdón entre los moradores y los integrantes de los grupos armados que hacían presencia en el barrio Santo Domingo Savio. 

Mural barrio Santo Domingo Savio. Foto: Sandra Arenas – Cortesía.

 

Virgen en el barrio La Milagrosa

En diciembre de 1992, en este lugar asesinaron a seis jóvenes en una masacre. La Virgen recuerda el lugar de la muerte y también la capacidad de la comunidad de superar el miedo, en un punto máximo de la guerra contra el narcotráfico por parte del Estado en Medellín.

Altar con Virgen, barrio la Milagrosa. Foto: Diego Arango – Cortesía.

 

Calvario Robin Asmed

En el barrio La Libertad, ubicado en la comuna 8, casi escondido en medio de las plantas, está el calvario a Robin Asmed, asesinado frente a su casa por paramilitares. Carmen, su madre, lo cuida desde 2002 para que nadie olvide quién era él y para mostrar el dolor que la violencia provoca.

Calvario barrio La Libertad. Foto: Sandra Arenas – Cortesía.

 

Mural «A la memoria», comuna 13

Este mural se realizó en 2011 en memoria de cinco artistas urbanos residentes de la comuna 13 que fueron asesinados entre 2009 y 2011: Yhiel, Chelo, Kolacho, El Gordo y Andrés Felipe Medina. El mural estaba ubicado a una cuadra de la estación San Javier del Metro y hacía parte del proyecto Graffitour, una iniciativa de líderes artísticos y sociales de la zona.

Mural en memoria a los artistas asesinados en la Comuna 13 entre 2009 y 2011, realizado por grafiteros de Casa Kolacho. Foto: Juan Camilo Calle – cortesía.

 


Este artículo fue publicado originalmente por Alma Mater el 14 de febrero del 2022 , aquí.