Una de las personas que mejor conoce las zonas selváticas de Antioquia es el doctor Alejandro Arango. Por su trabajo como piloto y médico en zonas de difícil acceso ha visto la cara más cruel del conflicto. Vivió momentos angustiantes al lado de sus pacientes, y –como dice– “ha tratado de darle algunas pinceladas humanitarias a esta guerra”. Por todo esto, es una de las voces autorizadas para hablar de los retos que tiene la misión médica en este proceso de transición que vive el país.

Desde hace 33 años trabaja en el programa aéreo de salud de la Gobernación de Antioquia: “Estos años no han sido fáciles: he estado secuestrado tres veces por distintos grupos armados, he acompañado acciones humanitarias de liberación de secuestrados, he sido impactado en vuelo y también he sido derribado”.

La vez que derribaron su helicóptero estaba acompañado por el piloto Gabriel Molina, la odontóloga Celmira Duque, la auxiliar de odontología Myriam González y la auxiliar de enfermería Inés Gaviria. Cuando volaban de regreso a Medellín, luego de hacer una brigada de salud en Amalfi, fueron atacados por la Compañía Anorí del Ejército de Liberación Nacional. Las balas derribaron la nave.

“Cuando nos impactaron, arborizamos y logramos salir por nuestros propios medios. Después de caminar entre la selva, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, logramos llegar hasta el aeropuerto de Amalfí y ahí tomamos un avión hasta Medellín. Afortunadamente ninguno falleció, sí tuvimos algunas raspaduras y quemaduras, pero gracias a Dios ninguno tuvo heridas graves”.

Su experiencia lo ha convertido en una figura clave en muchas labores humanitarias. Hasta el momento, ha sido testigo de la liberación de 47 secuestrados en diferentes lugares de país. Una de esas liberaciones ha sido una de las tareas más difíciles de toda su carrera. Todavía recuerda el día en que veintitrés personas secuestradas por la Compañía José María Becerra del Eln recuperaron su libertad: “A esas personas las recibimos en los cerros de Cali, hacia el Pacífico, en la cuenca del Rio Naya. Llegaron en unas condiciones infrahumanas porque cuando una persona pierde el 50 o el 60 porciento de su peso corporal es muy frágil. Esa liberación la hicimos en unas condiciones muy complicadas, metidos en los cerros que son de muy difícil acceso”.

En el desarrollo de su trabajo humanitario se ha encontrado con muchos obstáculos. En una ocasión, la Fiscalía lo acusó de tener vínculos con las Farc. El doctor Alejandro Arango logró que el entonces gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, quien estaba secuestrado por esta guerrilla, se comunicara con su esposa Yolanda Pinto. Este contacto generó sospechas, y tuvo que enfrentar un proceso de investigación que duró tres meses, sin embargo, la Fiscalía no encontró pruebas suficientes para acusarlo.

“Yo me considero un falso positivo vivo, felizmente vivo y tranquilo. El proceso que me abrió la Fiscalía fue un aprendizaje para mí. Aprendí que para mantenerse vivo, neutral e imparcial en el conflicto es necesario cumplir con los deberes y defender los derechos de la misión médica. Eso es lo que me ha permitido sobrevivir en estos 33 años de trabajo en zonas de difícil acceso”.

Después de haber aterrizado tantas veces en los que llama “lugares olvidados de Colombia”, no parece estar cansado; al contrario, cuando habla de los retos que traerá el posacuerdo piensa en las comunidades que viven en los pueblos más alejados del país: “Espero que el posacuerdo nos dé la posibilidad de llegar a los territorios que han sido olvidados. La ausencia del Estado en estos lugares ha generado todo un problema social y político, pues los actores armados, además de hacer presencia, influyen en la población civil. El escenario de posacuerdo demanda que la institucionalidad se vuelque sobre esos territorios e invierta en ellos los recursos que estaban destinados para la guerra. Nosotros como misión médica tenemos que llegar a la selva, abrazar a todas esas comunidades y decirles que estamos presentes”.

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