Carlos Enrique Yepes es un médico convencido de que su labor no puede quedarse en las cuatro paredes que encierran su consultorio: “Hay que fomentar la participación de la gente; no como idiotas útiles, sino como agentes activos en la toma de decisiones que favorezcan su propio desarrollo”. Defendió esta idea mientras dirigió los hospitales de dos municipios del suroeste antioqueño, una misión que lo enfrentó a las dificultades propias de las dinámicas del conflicto armado colombiano.

Las experiencias vividas y el conocimiento acumulado en muchos años de investigación médica, le permiten tener una visión particular sobre la labor de los médicos en medio conflicto y sobre los retos que les impone un escenario de transición hacia la paz.

“Recuerdo que hace muchos años, cuando yo era apenas un médico interno, en mi último año de carrera, estando por allá en San Roque, de la alcaldía nos enviaban a unas brigadas de salud a las veredas, donde debíamos permanecer entre cinco y seis días. En una ocasión, nos transportaron en un carro por una carretera destapada durante unas tres horas hasta llegar a una vereda. Allí nos estaban esperando unos treinta caballos con treinta ‘celadores’ muy bien armados. Cada uno cuidaba un caballo. Nos dijeron: ‘prepárense: coman algo porque el recorrido es largo’. Después de un viaje de seis horas, montados es esos caballos, llegamos a otra vereda. Todo el tiempo estuvimos acompañados por esos hombres de brazalete y traje manchado”.

“En esa región de Antioquia se decía que los grupos armados ilegales cumplían el rol del Estado: eran ellos quienes tomaban las decisiones, quienes decían qué hacer y qué no hacer. Como médico, empecé a ejercer mi labor: atender a todos los seres humanos que necesitaran de mis servicios, sin distingo de raza, sexo, religión o ideología; es decir, atender al que pidiera mi ayuda”.

“Esto no significa que el personal médico, al no asumir una posición, tenga una postura apolítica, todo lo contrario. Frente a este tipo de conflictos, nuestra apuesta política es clara: beneficiar, desde nuestro conocimiento, a quien lo necesita”.

Cuando el conflicto armado afecta la labor médica

A principios de la década de 1990, antes de que existiera la Ley 100 que aún regula la prestación del servicio de salud, Carlos Yepes encontró que la legislación le permitía crear un proceso comunitario en el que los habitantes de un municipio del suroeste antioqueño pudieran participar en los espacios de decisión relacionados con su propia salud.

En primer lugar, identificó las necesidades más apremiantes de las zonas rurales de este municipio, y descubrió que muchos de los problemas de salud de la población estaban relacionados con la falta de condiciones sanitarias mínimas. Para tratar de remediarlo, tocó las puertas de la Federación de Cafeteros y reunió el presupuesto necesario para instalar una Unidad Sanitaria Familiar en cada casa.

“Cuando íbamos a una casa a instalar la Unidad Sanitaria Familiar, yo aprovechaba para invitar a la gente a participar en la creación de un Comité de Participación Comunitaria (Copaco). Ese comité duró aproximadamente cinco años. Nos reuníamos mensualmente. Este espacio llegó a crecer tanto, que convirtió en un escenario de negociación social. Cuando había conflictos entre veredas, los representantes discutían y aclaraban sus problemas por la vía democrática. Incluso, llegamos a exigir la presencia de directivos de entidades de orden departamental”.

En medio de una confrontación, donde los grupos armados se disputan el control del territorio, el Comité se convirtió en una amenaza para los combatientes.

“No sé a quién molestamos con ese Comité. Un día asesinaron a dos líderes que fueron a una de las veredas y amenazaron con asesinar a otros. Al día siguiente, hubo un desplazamiento masivo y las personas llegaron al casco urbano del municipio. A todos nos tocó meternos a resolver el asunto. A los presos de la cárcel los mandamos para sus casas porque necesitábamos acomodar gente en las celdas; los niños dejaron de ir al colegio porque los salones se convirtieron en albergues improvisados. A mí me tocó hospitalizar gente porque no había dónde ubicar a las personas”.

“Después buscamos ayuda de otras instituciones humanitarias, y logramos establecer interlocución con los líderes violentos de la zona para que permitieran que la gente retornara a las veredas y pudiera recoger las cosas que quedaron en las casas».

Los demás obstáculos, además de las armas

En el análisis que ha podido hacer después de tantos años de trabajo, Carlos Yepes considera que en la formación de los estudiantes de medina hay vacíos que impiden que los futuros médicos sepan cómo desempeñar su labor en medio del conflicto.

“En la formación de los médicos en Colombia no se ha desarrollado una cultura política. En las facultades de medicina, con alguna excepción, no se estudia la historia de lo que ha pasado en este país, los estudiantes no saben cuáles son los orígenes de la violencia y no entienden el conflicto que vivimos. Nos hemos vuelto unos idiotas útiles, unos analfabetas políticos”.

“Simplemente nos dedicamos a lo que creemos saber y, en ese sentido, aparecemos como neutrales o apolíticos; aunque eso nos ha blindado un poco en medio del conflicto. Hay hospitales bien manejados, pero hay otros, lo digo sobre todo por Antioquia que es el territorio que mejor conozco, que son dirigidos por grupos de extrema derecha o de extrema izquierda; son instituciones hospitalarias donde los gerentes, las juntas directivas y las mismas administraciones municipales están involucradas en el juego de intereses que se vive en medio de una guerra. Pero, insisto, el hecho de no saber lo que pasa nos blinda un poco porque solo nos dedicamos a nuestra labor como médicos”.

“El desconocimiento hace que uno obre en favor de unos intereses o que asuma una actitud subordinada y acrítica, y si uno se vuelve crítico ante una situación y genera algún tipo de resistencia, puede poner en riesgo su integridad personal”.

“Muchos estudiantes míos que han egresado de la Universidad de Antioquia se han ido a trabajar a pueblos ubicados en zonas de conflicto. Cuando se enfrentan a una situación de mucha presión y resistencia, prefieren salir corriendo porque las condiciones de seguridad no están dadas”.

El deber de los médicos en el tránsito hacia la paz

“En cualquier circunstancia, sobre todo en un escenario de posacuerdo, debemos ser buenos médicos; es decir, médicos responsables y estudiosos. A mis estudiantes les insisto que antes de ponerse el ropaje de médico, deben ponerse el de ciudadano, lo que implica un mínimo de responsabilidad: ¿cómo me reconozco como actor social?, ¿cómo puedo ayudar e influir en los otros? ¡Vaya que los médicos tenemos esa posibilidad!”.

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