Este fragmento hace parte del reportaje Un nuevo amanecer: Historias sobre un barrio de desplazados en Medellín. El relato cuenta la vida de tres familias desplazadas por el incendio del barrio Mano de Dios en el año 2003. Los nombres de los personajes fueron cambiados por seguridad de las personas.

 

Por Santiago Rodríguez Álvarez*

Fotos: capturas archivo de prensa

 

Elmira y José Luis

Las primeras llamas aparecieron faltando poco para las cinco de la tarde del 6 de marzo de 2003. Era jueves y José Luis, que para entonces tenía 41 años, se había ido a jugar un chico de billar con cuatro amigos. Era su día de descanso como vigilante nocturno en un barrio residencial del municipio de Sabaneta. Él recuerda que esa tarde estaba especialmente caliente y los rayos del sol poniente pegaban fuerte sobre el barrio Mano de Dios,

Este era un barrio en la ladera oriental de Medellín construido por desplazados. La mayoría de quienes fundaron el barrio llegaron huyendo de la violencia del conflicto armado en el campo colombiano y en 1998 invadieron un terreno propiedad del municipio, en la comuna de Villa Hermosa. Allí construyeron un asentamiento irregular y armaron sus casas con lo que pudieron: tablones de madera, recortes de lata, retazos de costales, tejas de zinc y pedazos de plásticos. Estas casas serían en su mayoría consumidas por el fuego ese jueves.

José Luis y sus amigos fueron unos de los primeros testigos del incendio, debido a que el billar, ubicado al lado de la caseta comunal, estaba cerca de la vivienda de Gonzalo: la primera casa que ardió aquella tarde.

Cuando los cinco hombres vieron las llamas, de inmediato dejaron en su sitio las bolas y los palos de billar y corrieron a contener el fuego. Trataron de apagar las llamas primero con agua y luego con arena, pero no funcionó. José Luis también recuerda que algunos vecinos, que estaban cerca, les dijeron a él y a sus amigos que antes de que empezara el incendio vieron salir corriendo a unos muchachos detrás de la casa de Gonzalo, quien en ese momento no estaba. Por aquel entonces, había una disputa territorial entre bandas criminales en el barrio y la casa de Gonzalo lindaba con la del “El Primo”, quien era el jefe de la banda que controlaba Mano de Dios. Por eso José Luis piensa, desde entonces, que el incendio fue provocado.

El fuego pasó rápidamente de las primeras casas y se extendió a la caseta comunal donde había una colchonería. Este era un proyecto comunitario promovido por la Junta de Acción Comunal del asentamiento para generar recursos a la comunidad. Esta colchonería ardió rápidamente y fue la que terminó de avivar el incendió.

Ante la incapacidad de controlar las llamas, José Luis, sus amigos y los vecinos que estaban cerca se fueron a dar la alarma a las personas del resto del barrio y a salvar sus pertenencias. José Luis fue directo a un teléfono público que estaba cerca y llamó a los bomberos, quienes le dijeron que ya iban en camino. Pero el ascenso por esa parte de las laderas de la comuna Villa Hermosa de Medellín era estrecho e incómodo para un camión de bomberos y se tardaron en llegar. Sin poder hacer más, José Luis salió corriendo a casa.

Mientras tanto, su esposa Elmira, que tenía en ese momento 52 años, trabajaba en sus máquinas de coser haciendo encargos de confección a personas del barrio. En la casa también estaban sus tres hijos que habían vuelto del colegio a las tres de la tarde. Los gritos y la gente corriendo alertaron a Elmira y su familia. En principio ella y sus hijos no le dieron mucha importancia a la algarabía, pues dos semanas atrás había ocurrido un incendio que fue controlado y en el que se quemaron dos ranchos. Sin embargo, cuando Elmira salió de su casa y vio las llamas se dio cuenta de que esta vez era diferente.

Cuando José Luis llegó, su esposa ya estaba organizando a sus hijos para sacar lo que pudieran. El hijo mayor de José Luis había comprado un beta max y fue lo primero que sacó. Lo dejó en una calle del barrio vecino, Enciso, en donde pensó que estaría a salvo. Después volvió a la casa y sacó el televisor para llevarlo al mismo sitio, pero cuando llegó ya el beta max no estaba.

Entonces Elmira y José Luis sacaron las dos máquinas de coser que tenían desde que se vinieron huyendo de la violencia de Apartadó, en 1998. Una vecina previno que se robaran también una de las máquinas cuando los esposos no estaban prestándole atención.

El barrio Enciso, que quedaba en la parte de debajo de Mano de Dios, fue el lugar que esta familia destinó para reunirse. Desde este lugar pudieron ver como el fuego iba consumiendo rancho por rancho, hasta que las llamas llegaran hasta el sector donde vivían y una llamarada consumió la casa de ellos en cuestión de segundos. José Luis se mantuvo tranquilo, pero su esposa se derrumbó.

“Vimos una lengüetada de candela que arropo la casita de nosotros y en un abrir y cerrar de ojos ya no existía. Nosotros la veíamos desde donde estábamos y solo se veía como dos láminas de zinc quedaron volando en el aire. Yo casi me desmayó. Mi hija estaba llorando. Cerraba los ojos y los volvía  abrir y no veía nada… ¡Ay! Eso es que desconsuelo, porque todo se perdió”, recuerda Elmira sobre lo que sintió cuando vio arder su casa.

“¿Pero sabe qué fue lo que más me dolió a mí? A mí no me duele que se quemara la ropa o los tendidos buenos. Lo único que a mí me duele es algo irremplazable. Una foto de cuerpo entero de mi hijo Bernardo, que lo desaparecieron, y una foto de mi hija mayor que se llamaba Esperanzaque murió de 19 años. Yo tenía las fotos colgadas en la pared. Hoy digo ¿por qué no le eché mano a esas fotos?”.

 

Lorena

El día en que ocurrió el incendio Lorena había salido a mercar a la Plaza Minorista en el centro de Medellín. Recuerda que cuando regresaba a su casa en Mano de Dios, alrededor de las cuatro de la tarde, el sol era muy intenso, o como ella dice: “Estaba haciendo una chispa”. Al llegar al barrio fue a la guardería a recoger a su hija de tres años, Melany. Entonces, empezó a escuchar una bulla en las calles y, entre los gritos de las personas, inmediatamente entendió lo que estaba pasando: “¡Un incendio! ¡Un incendio!”.

Cuando Lorena alcanzó a ver dónde estaba el fuego, pensó que no había forma de que las llamas llegaran hasta su casa, la cual quedaba retirada de la zona de la caseta comunal. Sin embargo, agarró a su hija de la mano y corrió esquivando personas hasta su casa, para prepararse por si las llamas llegaban hasta allí.

En Mano de Dios el agua llegaba a las casas solo durante algunas horas al día, ya que el barrio no contaba con servicios públicos; lo que hizo la comunidad, un año después de comenzar el asentamiento, fue desviar ilegalmente el agua de un acueducto principal que estaba en el barrio vecino Sol de Oriente. De esta toma repartían el agua para las casas y cada familia hacia su adecuación con mangueras. Por esta razón Lorena mantenía varias canecas llenas de agua, como una forma de prevención para los días en que el suministro no llegaba a su casa. Con ellas empezó a mojar el piso, las paredes, los muebles, las camas, pero no le alcanzó. Cuando se acabó el agua, abrió la manguera para ver si había suministro. Para su sorpresa sí había y pudo terminar de mojarlo todo.

El incendio seguía acercándose y Lorena decidió que lo mejor era subir al barrio El Pinal que quedaba cerca de su casa. En este barrio vecino había también un centro de salud y estaba la Institución Educativa Sol de Oriente. Cuando agarró a su hija para salir, la niña lloraba confundida y se aferraba a una silla. Finalmente la logró calmar y las dos pudieron llegar a El Pinal. Se ubicaron cerca de la escuela, donde se estaban reuniendo otros vecinos que huían de sus casas. Pero viendo cómo las llamas crecían y quemaban cada vez más casas, esta madre decidió dejar a su hija al cuidado de unos vecinos, para volver a su vivienda a tratar de salvar algunas de sus pertenencias.

En el momento que llegó, vio mucha gente sacando cosas de su casa. No logró identificar a ninguno de sus vecinos, porque muchos trabajaban a esa hora, al igual que su esposo Fernando, quien en ese momento aún no regresaba de su trabajo en Cable Unión; una empresa de televisión por cable. Entonces con ayuda de algunas personas, Lorena logró llevar su nevera, estufa y una pipeta de gas hasta las afueras de otra casa más segura.

Como el acceso a Mano de Dios era tan estrecho, los bomberos se demoraron aproximadamente cinco horas en llegar. Sus carros además bloquearon, por seguridad, el tráfico de vehículos y personas que trataban de llegar al barrio. Muchos habitantes que no estaban cuando empezó el incendio, tuvieron que esperar para reencontrarse con sus familias hasta la medianoche, cuando los bomberos lograron controlar las llamas, retiraron sus vehículos del lugar y dejaron ingresar a las personas para que se reencontraran con sus familias.

En esa época, Lorena tenía un beeper para comunicarse con Fernando. Esa noche, él le dejó mensajes para que ella lo localizara. Pero la comunicación fue muy lenta y poco efectiva, se demoran mucho en ponerse de acuerdo en donde encontrarse.  A las doce de la noche al fin se pudieron ver, pero solo hasta la una de la mañana pudieron volver a la zona del barrio donde vivían.  Lo que quedó de su antigua casa fue el marco de la puerta.

“Eso es uno de los peores dolores que un ser humano puede pasar. Por la mañana, como a las cuatro, nos llevaron al albergue en el colegio Sol de Oriente”, cuenta Lorena, refiriendo lo que sintió y vivió después de perder su casa y todo lo que tenían. “Dure por ahí 3 días caminando a pie descalzo y con la misma ropa, hasta que empezaron a llegar las donaciones. Pero eso fue un hacinamiento la cosa más espantosa, éramos tanta gente que los turnos eran por días para que a uno le dieran algo que ponerse. En Sol de Oriente duramos 4 meses”, recordó.

 

Rosmira

El jueves 6 de marzo, Rosmira se levantó a preparar el maíz para hacer la producción de arepas para el fin de semana. En la tarde se dio cuenta de que le faltaba una plantilla para hacerlas y salió a conseguirla a la plazoleta de Enciso. Cuando se estaba devolviendo vio un humero en la parte baja del barrio. “¿Rosmira qué está pasando en los ranchos?”, le pregunto una conocida mientras ella, quieta, se quedó mirando.

Ella vivía en la parte alta de Mano de Dios y el incendio empezó en la parte baja, donde quedaba la caseta comunal. Tuvo tiempo para llegar a su casa, pero la demoró toda la gente que corría para todos lados llevando en la mano maletas, televisores, grabadoras, ollas o lo que pudieran agarrar. Rosmira en ese momento tenía nueve hijos que vivían con ella, y agarró en brazos al menor, que tenía casi un año, mientras sus hijas envolvían la ropa en sabanas para poder sacarla. Su esposo Jorge estaba trabajando como taxista.

Rosmira y sus hijos salieron en dirección a la escuela Beato Domingo Iturrate, en el barrio Enciso. Allí se pudieron meter en un quiosco con otras personas del barrio que esperaban, con sus pertenencias bajo los pies, la llegada de los bomberos. Ella miraba hacia Mano de Dios y solo podía pensar que se iba a quedar sin nada: sin maíz, sin el motor con el que molía, sin la ollita que había acabado de conseguir, sin su casa.

Hasta la una de la mañana estuvo con sus hijos esperando que dieran el permiso para entrar.  En ese momento el fuego ya se había apagado y la gente empezaba a hacerse una idea del estado de su casa. Mano de Dios estaba dividida por sectores: el uno y el dos estaban en la parte baja y habían sido consumidos por el fuego; el tres estaba dividido por unas escalinatas y solo una parte se había perdido; del sector cuatro, en donde vivía Rosmira, casi nada quedó afectado.

Al ver que ya no había llamas, Rosmira pidió permiso para entrar al barrio y acostar a sus hijos, pues creía que su casa se había salvado. Después de rogar mucho tiempo pudo pasar, pues ni los policías ni los bomberos querían dejarla entrar. Su casa estaba intacta y sus hijos pudieron descansar. Pero ella no durmió y se quedó organizando el desorden que habían dejado al huir horas antes. A las cuatro de la mañana, recuerda, la casa parecía como si nada hubiera pasado.

“Yo no perdí mucho, antes cuando volví al rancho me aparecieron una olla arrocera y una olla a presión que yo no tenía. Yo las guardé y nadie las reclamó”, cuenta Rosmira, quien se sintió agradecida por no haber perdido su casa. “Eso fue el jueves, el viernes no trabaje, pero el maíz estaba cocinado desde el día anterior. El sábado, cuando ya iba a trabajar, el maíz estaba intacto. Entonces lo lavé y seguí trabajando”, relató.

 

***

El incendio del 6 de marzo de 2003 puso fin a un barrio, Mano de Dios, y dio vida a otro, Nuevo Amanecer. El primero fue construido a comienzos de 1998 en unos terrenos de la Corporación de Vivienda y Desarrollo Social (Corvide), que era la institución que en Medellín cumplía con las funciones de fondo de vivienda y reforma urbana. Allí llegaron algunas familias a invadir esos terrenos y a construir, como podían, ranchos donde vivir. La mayoría eran desplazados por la violencia del conflicto armado colombiano, que se recrudecía cada vez más en el campo y expulsaba forzosamente de sus territorios a miles de personas. Las principales ciudades de Colombia, como Medellín, fueron las que más recibieron esta población, campesinos que lo habían abandonado todo y no tenía donde vivir.

Una opción de las personas que llegaban del campo a la ciudad fue invadir terrenos o comprarles lotes a quienes los invadían, para luego construir; así se formaron barrios como Moravia o La Honda en Medellín. Ya desde la década del sesenta, la promesa del desarrollo económico y las oportunidades que brindaba la ciudad atraían a campesinos, que veían como las reformas rurales no prosperaban y las condiciones en el campo se empeoraban.

Pero con el recrudecimiento del conflicto armado empezaron a llegar en busca de refugio. En la década del noventa, las laderas empinadas del Valle de Aburrá y Medellín se poblaron de manera acelerada. Ranchos construidos con palos, costales, latas y plástico aparecían en terrenos privados o del Estado, en donde no había servicios públicos y se construía incluso a pesar de los riesgos geológicos y ambientales. A esos asentamientos irregulares las personas de la ciudad los llamaron “barrios de invasión”.

Así, quienes habían sufrido desplazamientos forzados llegaban a la ciudad, pero a vivir en su periferia y en condiciones de miseria. Además, tenían que luchar contra los desalojos y la destrucción de sus ranchos ordenados por las administraciones municipales que intentaban recuperar los terrenos invadidos. Solo hasta 1997 el fenómeno del desplazamiento forzado fue reconocido por el Estado, con la Ley 387, y se hicieron visibles las condiciones de alta vulnerabilidad de quienes lo padecían; ese año fueron expulsadas de sus hogares 254 mil personas según los datos del Registro Único de Víctimas (RUV).

A pesar de esto, los peores años del desplazamiento forzado en Colombia apenas empezaban y el punto más crítico llegaría en el 2002, año en que se registró el mayor número de desplazamientos en Colombia en el marco del conflicto armado: 772.255 personas huyeron forzosamente de sus territorios, según el RUV.

Pero para los desplazados, arribar a Medellín tampoco era garantía de llegar a un lugar libre de la violencia de finales de los años noventa y principios de los 2000 en Colombia. A pesar de que la ciudad había dejado atrás los días de la guerra contra el Cartel de Medellín y el narcotraficante Pablo Escobar, la urbanización del conflicto y el control territorial de barrios por parte de combos y bandas criminales generaban muertes y violencia.

En este contexto en los años noventa arribaron a la ciudad Lorena y Fernando, Rosmira y sus hijos, Elmira y José Luis, quienes huyeron de sus municipios. Llegaron a comprar terrenos y construir sus ranchos en Mano de Dios. En medio de dificultades y carencias económicas dos de estas familias vieron como sus casas se quemaban, mientras que la otra rogó para que las llamas no llegaran a la suya ese jueves 6 de marzo de 2003.

“Del barrio solo quedó una que otra amalgama de latas retorcidas con plástico fundido, aferrado a la tierra como una costra en la piel de un quemado por pólvora”. Estas fueron las palabras que el estudiante de periodismo Nelson Ricardo Ramírez usó para describir cómo se veía el barrio al día siguiente, su relato fue publicado en el periódico De la Urbe de la Universidad de Antioquia en la edición de abril del 2003.

Por otro lado, los grandes medios dieron las cifras preliminares de la tragedia: “650 viviendas quedaron destruidas por el incendio que se desató ayer en el sector de Villatina y que sólo pudo ser controlado siete horas después”, informó Caracol Radio al día siguiente del incendio. Lorena, José Luis, Elmira y Rosmira también dan está cifra de memoria cuando se les pregunta por cuantas casas se quemaron.

Sin embargo, la cifra oficial de la Alcaldía fue publicada el 19 de mayo de 2003 en el Decreto 420. Según éste, el total de viviendas destruidas fue de quinientas y  el censo oficial de damnificados por el incendio, que no solo incluía a quienes perdieron su casa, sino a todos aquellos que vivían en Mano de Dios, fue de setecientos nueve núcleos familiares.

Nuevo Amanecer fue el barrio que nació de las cenizas del incendio para reubicar estas familias. El entonces presidente Álvaro Uribe, en una visita a Medellín tres días después de la tragedia, prometió solucionarles la situación a las familias y construirles un nuevo hogar. “Vamos hacer las viviendas, pero hagámoslo rapidito y bien hechecito”, citó al presidente El Colombiano en su edición del 10 de marzo de 2003.

Solo hasta mediados de 2005 se entregaron las primeras casas a la comunidad. En junio de este años recibieron su casa Lorena y Fernando, así como Elmira y José Luis. Rosmira y sus hijos, que no habían perdido su rancho, también recibieron una casa nueva en agosto del mismo año como parte de la promesa del expresidente y los intereses de la administración local de reubicar a toda la población de esta zona con riesgos ambientales.

Los habitantes de Mano de Dios pasaron de vivir en ranchos construidos sobre las laderas orientales y empinadas de la Comuna 8 de Medellín; a vivir en casas pequeñas de dos pisos construidas con ladrillo en un terreno plano en la parte baja del corregimiento de Altavista en el occidente de la ciudad; en los límites con los barrios Belén Altavista y Belén Zafra. Sin embargo, las condiciones de pobreza de sus habitantes no cambiaron con la reubicación. Además, la violencia urbana, generada por las estructuras criminales de Medellín, ingresó al barrio casi desde que entregaron la primera casa. El Nuevo Amanecer se convirtió en un nuevo territorio en disputa. Esto trajo como consecuencia un fenómeno que sus habitantes ya conocían, pero que esperaban nunca volver a vivir: el desplazamiento forzado.

 


*Santiago Rodríguez Álvarez es periodista de la Silla Vacía. El reportaje Un nuevo amanecer: Historias sobre un barrio de desplazados en Medellín es producto del trabajo de grado con el que obtuvo el título de periodista de la Universidad de Antioquia en 2022.