En la vereda San Lorenzo del municipio de Alejandría, una de las más apartadas y afectadas por el conflicto armado, el profesor Juan Carlos Álvarez lidera un proyecto de memoria con estudiantes de primaria.

 

Por: Pompilio Peña Montoya

Imagen de portada: Julián Roldán, Hacemos Memoria

La escuela de la vereda San Lorenzo, en el municipio de Alejandría, tiene doce alumnos: nueve niñas y tres niños. El menor tiene cinco años, el mayor diez. Estudian con el profesor Juan Carlos Álvarez, un alejandrino que hace 26 años es educador. En su trayectoria, el docente ha recorrido los corregimientos y veredas de su pueblo. Además, ha indagando por los orígenes de esta población y por los hitos históricos que han dejado una huella en este territorio del Oriente antiqueño. Ese interés lo trasladó al aula de clases donde tiene un proyecto de memoria con sus alumnos.

San Lorenzo queda a dos horas del casco urbano de Alejandría. La carretera es destapada, aunque en la actualidad está en proceso de pavimentación. La institución educativa Procesa Delgado está construida en ladrillo y sus paredes están pintadas de blanco y azul. Los niños, contó el profesor, son atentos y risueños, pero también un poco tímidos. Por fortuna, agregó el docente, ellos no han tenido que vivir los momentos aterradores que experimentaron sus padres, familiares y vecinos hace dos décadas, cuando el conflicto armado impactó este territorio.

En la actualidad Alejandría vive otros tiempos, en sus colinas hay tranquilidad y en el campo los habitantes se dedican a cultivar la tierra. Pero el empuje campesino con sus costumbres se está perdiendo, aseguró el docente, que ante esta realidad tuvo la idea de motivar a los alumnos a escribir las historias de su vereda. Para ello, les propuso entrevistar a sus padres, abuelos, tíos y vecinos. Lea también: ¿Qué esperan las víctimas del Oriente antioqueño de la Comisión de la Verdad?

Wendy Morales es una de las estudiantes de la escuela. Su familia lleva varias generaciones habitando la vereda y eso la motivó a participar en este proyecto de escritura que se desarrolla fuera del aula. En compañía del profesor y de otros compañeros, ella ha tenido la oportunidad de visitar a algunos de sus vecinos, con el propósito de indagar sobre el pasado.

En su proceso, Wendy descubrió que le “gusta escuchar a los abuelos contar historias que no sabía, sobre la pobreza y sus costumbres, sobre quiénes eran las familias que llegaron primero por acá”, comentó la estudiante que ha participado en tres entrevistas a miembros de la comunidad.

 

Un diálogo entre generaciones

El profesor Juan Carlos Álvarez y sus alumnos. Foto: cortesía.

Buscando acercar a sus alumnos al estudio de la historia, el profesor Juan Carlos recupera hechos y procesos sociales que tuvieron lugar en la vereda en diferentes épocas. Así, dijo, “he impulsado a mis estudiantes a que conozcan la historia de su vereda, a que sepan quiénes fueron sus primeros pobladores, cómo se fundó, en qué ha cambiado, qué cosas se hacían antes y dejaron de hacerse, cómo eran los caminos, qué transporte utilizaban, cómo se comunicaban, qué prácticas religiosas y culturales dejaron de hacerse”.

Este ejercicio, agregó el profesor, pretende acercar a los niños a las narrativas de las mujeres y los hombres de edad para crear lazos de amistad y convivencia. Las charlas con las personas depositarias de las memorias son grabadas en audio y, en lo posible, en video. El docente clasifica y almacena este material esperando “tener la posibilidad de encontrar a alguien que nos ayude a narrar estas historias, que han tenido mucha acogida entre la comunidad”, expresó.

Sandra Morales, madre de Wendy, expresó a Hacemos Memoria que este proceso de memoria es importante porque hasta ahora no se habían realizado este tipo de ejercicios con niños y adultos al mismo tiempo. Ella explicó que, aunque las víctimas del conflicto están organizadas en colectivos y llevan a cabo sus actividades de memoria, la iniciativa del profesor Juan Carlos es una apuesta por no dejar caer en el olvido las historias que configuran la identidad del territorio.

Para Sandra Morales, este es un proceso “muy importante para que los jóvenes aprendan del pasado, porque a uno no le tocó recopilar información de nuestros antepasados, todas las historias que contaban los abuelos, la vida era dura. Ahora tenemos un gran cambio y muchas cosas se han olvidado”.

 

Un lento retorno a la tierra

Desde 1997 los habitantes del municipio de Alejandría y particularmente la vereda San Lorenzo comenzaron a vivir con mayor frecuencia los impactos de la violencia que genera el conflicto armado. Asesinatos selectivos, amenazas, desapariciones forzadas, desplazamientos forzados y combates entre la guerrilla de las Farc y paramilitares del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá se hicieron frecuentes en el territorio.

La agudización del conflicto armado se prolongó hasta inicios de la década del 2000 y tuvo uno de sus acontecimientos más violentos el 31 de julio del 2001 con el combate de la vereda La Inmaculada. En la madrugada de ese día, 250 guerrilleros del Bloque José María Córdova de las Farc asaltaron un campamento del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá donde descansaban 120 paramilitares. La confrontación se prolongó durante 16 horas, según testimonios de campesinos de la zona recopilados por Hacemos Memoria. En el enfrentamiento murieron 22 guerrilleros y 17 paramilitares, según logró establecer este medio contrastando información judicial, testimonial y de prensa.

Vivienda de la vereda La Inmaculada impactada por las balas el 31 de julio del 2001 durante el combate entre guerrilla y paramilitares. Foto: Julián Roldán, Hacemos Memoria.

Tres meses después de este combate, el 6 de octubre del 2001, el Bloque Metro asesinó a doce personas en las veredas Cruces, El Popo, El Remango, San Lorenzo y La Inmaculada. En esta última los paramilitares asesinaron a la promotora de salud, Otilia Guarín Campo, y a tres de sus hijos, entre ellos una niña de 13 años.

Estos hechos de violencia generaron el desplazamiento de más del 50 por ciento de la población de Alejandría. Pero “cuando comenzó a resurgir la tranquilidad, empezaron las políticas para motivar a la gente a retornar al campo. Sin embargo, llevamos 17 años y no se ha logrado que la gente retorne en su totalidad. Si mucho seremos 4.500 habitantes” de más de 6.500 que registraba el municipio a finales de los noventa, comentó el profesor Juan Carlos.

En este contexto de desplazamientos y retornos, el docente realizó una investigación para reconstruir la memoria histórica de San Lorenzo y sus alrededores, considerando que en el territorio hay nuevos habitantes, muchos provenientes de otros municipios del Oriente antioqueño y de ciudades como Medellín, que han construido viviendas de recreo y que no se vinculan activamente a las actividades propias de la vereda.

En este proceso, los habitantes históricos de San Lorenzo pintaron un mural para dejar un mensaje que fuera visible a todas las personas que transitan por la zona. “La gente eligió un muro para expresarse, en la parte alta de la vereda, a pocos metros de la vía que conduce al casco urbano. Los integrantes de grupos armados lo utilizaron para escribir frases y consignas. El muro hoy es una de las pocas cosas físicas que nos queda como evidencia del conflicto. Un día, la gente reunida y con pinturas, escribió: San Lorenzo, territorio de paz”, narró el docente.

A este tipo de acciones de la comunidad, se suma en la actualidad el trabajo del profesor Juan Carlos en las aulas de la escuela de San Lorenzo. Periódicamente, en el salón de clases, los niños socializan las historias que recuperaron. En este ejercicio, comparten fechas, hechos y costumbres que les permiten extraer aprendizajes sobre lo que ha ocurrido en su vereda.

Hablar de paz y convivencia sigue siendo el eje trasversal de todo el trabajo de memoria que se construye hoy en la Institución Educativa Procesa Delgado, donde también se realizan encuentros con líderes, quienes se muestran amables y dispuestos a responder a la curiosidad de los doce alumnos de la escuela; semillas de la memoria comunitaria que un profesor quiere ver florecer.