1987, en la memoria

1987, en la memoria

El 25 de agosto de 1987 asesinaron a Héctor Abad Gómez, Luis Felipe Vélez y Leonardo Betancur, en medio de una racha sangrienta contra los defensores de derechos humanos y los sindicalistas en Medellín. Hoy, al cumplirse 30 años de ese fatídico día, presentamos esta serie de videos en los que sus familiares y amigos recuerdan sus ideas y reivindican la importancia de proteger y respetar la labor de los líderes sociales en Colombia.

Por Equipo Hacemos Memoria

“¡A la vida por fin daremos todo, a la muerte jamás daremos nada!”, exclamó Luis Felipe Vélez Herrera –profesor de básica primaria y presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia, Adida- en su último discurso público, dieciséis días antes de que lo asesinaran. A su velorio, el 25 de agosto de 1987, llegaron juntos Héctor Abad Gómez –médico salubrista, fundador y presidente del Comité por la Defensa de los Derechos Humanos de Antioquia- y Leonardo Betancur Taborda, su amigo y colega, también salubrista, integrante del Comité y militante del movimiento de izquierda Firmes. Eran cerca de las seis de la tarde y ni siquiera pudieron entrar a la sede del sindicado antioqueño de maestros a despedirse de Luis Felipe; fueron acribillados en la calle por sicarios que huyeron en una moto. Héctor Abad murió en el acto y Leonardo en la cocina de Adida.

Desde las áreas de la salud y la educación, Héctor Abad, Leonardo y Luis Felipe le entregaron todo a la vida, tal como pretendía este último; educaron en democracia, promovieron la equidad, defendieron los derechos humanos, sindicales y laborales, protegieron a los menos favorecidos y reivindicaron el derecho a la vida como su lucha suprema.

Sus asesinatos se cuentan en la lista de los diecisiete hombres y mujeres, profesores y estudiantes de la Universidad de Antioquia, líderes del Comité de Derechos Humanos e importantes activistas de la Unión Patriótica y la Juventud Comunista de Antioquia que fueron silenciados por paramilitares durante 1987 en Medellín.

Sus muertes continúan impunes. En el libro Mi confesión, del periodista Mauricio Aranguren, el jefe paramilitar Carlos Castaño admitió que el objetivo de la arremetida paramilitar en la Universidad de Antioquia era “anular cerebros”. En 2014, la Fiscalía General de la Nación declaró sus crímenes de lesa humanidad.

Este especial se propone honrar sus ideas y advertir sobre la necesidad de proteger y respetar la labor de los líderes sociales en Colombia como garantía de no repetición.

Luis Felipe Vélez
A treinta años del asesinato de Luis Felipe Vélez, su amigo, pupilo y colega, Johny Henao, lo recuerda como un hombre humilde y coherente, que, en su natal Urrao y en las escuelas de primaria donde se desempeñó como docente, conoció la realidad que vivían las clases populares e hizo lo que pudo para mejorar sus condiciones de vida.

Las ideas de Luis Felipe, quien fue presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia (Adida), influenciaron “a por lo menos a 25 mil docentes y sus familias”, dice el abogado Johny Henao.
Ocho días antes de su asesinato, en la Jornada Nacional por el Derecho a la Vida que se realizó en el Parque de Berrío, Luis Felipe ofreció el discurso central: “Hoy es un gran día para el país, se asemeja a las históricas jornadas que la clase obrera y el movimiento popular han desarrollado en nuestra patria y en otros lugares del mundo, por la defensa de los Derechos Humanos, la soberanía y la democratización de la vida política”, unas palabras que resumen los ideales que perseguía y por los que fue asesinado en la mañana del 25 de agosto de 1987.

Héctor Abad Gómez
En 1987, en los pasillos de la Universidad de Antioquia, circularon panfletos amenazantes en contra de profesores, estudiantes y defensores de Derechos Humanos. Los panfletos estaban firmados por el movimiento armado Amor por Medellín, una estructura paramilitar comandada por Carlos Castaño, cuyo objetivo era perseguir a quienes representaban “los cerebros de la insurgencia”.

Para rechazar las intimidaciones, los ataques y los asesinatos que hasta ese momento habían cobrado la vida de nueve profesores y estudiantes de la Universidad de Antioquia, el 13 de agosto de 1987, un grupo de defensores de Derechos Humanos, liderado por Héctor Abad Gómez, para entonces presidente del Comité de Defensa de Derechos Humanos de Antioquia, convocó a la “la marcha de los claveles rojos”, una manifestación en la que tres mil personas protestaron por la violencia que azotaba al país. Once días después, cuando se dirigía al velorio de su amigo Luis Felipe Vélez, Héctor Abad fue asesinado

Clara Abad Faciolince, su hija, recuerda a ese maestro que fue innovador en la enseñanza de la Salud Pública: “Él decía que a toda comunidad se le debían garantizar cinco A para gozar de una vida digna: agua potable, aire limpio, albergue, alimentación y amor. Esa fue la idea que lo impulsó a recorrer varios barrios y veredas para buscar soluciones junto a los líderes de esas comunidades”.
Sobre su personalidad, Carlos Gaviria, quien fue compañero en el Comité de Derechos Humanos, escribió: “Encarnaba al utópico, soñador, esteta y buscador de verdades que quieren para sí y para sus semejantes, equitativamente repartido, todo lo bello y noble que ofrece el universo. Por eso lo asesinaron”.

Héctor Abad Gómez luchó incansablemente por la defensa de la vida y por la protección y las garantías de dignidad para los más desfavorecidos. Hoy, después de 30 años de su asesinato, recordamos sus ideas y defendemos su legado, que no pudo ser silenciado.

Leonardo Betancur Taborda
Quisieron silenciar las ideas del médico salubrista, Leonardo Betancur; por eso lo asesinaron el 25 de agosto de 1987 en la cocina de la Asociación de Institutores de Antioquia, Adida, segundos después de que en la puerta de la misma institución, cayera, también asesinado, el médico y defensor de Derechos Humanos, Héctor Abad Gómez.

Que Adida se convirtiera en escenario de ese fatídico día no es casual. Betancur intentó defender desde la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia una idea que lo acompañó hasta el final: las luchas de los docentes, sin importar el grado escolar al que le dictaran clases, se debían unificar para hacer del movimiento profesoral una fuerza más invencible.

Cecilia Alzate, su esposa y compañera de estudio en la Facultad de Medicina, también recuerda que en su ideario había espacio para insistir en la responsabilidad de la Universidad con la sociedad; para él la academia enclaustrada no tenía razón de ser.

Leonardo –dice Cecilia– creía que “la Universidad tenía que ver con el hambre”, o mejor, con su solución. Por eso, defendió la idea de que en la mejora de las condiciones de salubridad había una forma de hacerle frente a la pobreza. No escatimó esfuerzos en llegar a comunidades con condiciones de vida precarias; sus estudiantes, como Jaime Arturo Gómez, recuerdan su especial compromiso con el barrio Moravia y con los habitantes de esta zona que, para entonces, era el basurero municipal.

 

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