Conflictos Historia

Pastora Mira: la mujer que curó a sus verdugos

A lo largo de su vida, Pastora Mira ha visto las mil caras de la violencia. En medio del conflicto armado en el Oriente de Antioquia, tuvo que enfrentarse a los victimarios, sobreponerse a las tristezas y construir con bondad y valentía un ejercicio constante de liderazgo social y defensa de los derechos humanos.

Foto: Samarah Zapata
Imagen de portada de la publicación.

A lo largo de su vida, Pastora Mira ha visto las mil caras de la violencia. En medio del conflicto armado en el Oriente de Antioquia, tuvo que enfrentarse a los victimarios, sobreponerse a las tristezas y construir con bondad y valentía un ejercicio constante de liderazgo social y defensa de los derechos humanos.

Por Andrés Puerta*
Foto: Samarah Zapata

La primera vez que lo vio pensó en darle un pan envenenado. Quería matarlo para desquitarse del dolor que sintió cuando era niña, pero que se quedó grabado en su memoria y en su piel durante toda la vida. Supo dónde vivía porque unas señoras, que hacían oración, mencionaron ese nombre proscrito. Ese que en esta conversación ni siquiera pronuncia y lo esconde detrás de un genérico “fulano de tal”. Las mujeres iban a esa casa a rezar para intentar conjurar los dolores y las angustias de la familia. Quedaba en una vereda cercana al pueblo. Pastora se hizo voluntaria junto a las señoras que oraban para verle la cara a la persona que había empuñado el machete que la condenó a la orfandad, que la separó no solo de su padre, sino de su madre y sus hermanos y la llevó hasta la casa de su abuela. Cuando las mujeres llegaron, lo primero que vieron fue a unos niños desarrapados y a una señora con la cara debilitada por el hambre: los ojos hundidos, la mirada perdida, los pómulos angulosos. Después, en el piso, sobre una sábana mugrosa, encontró a un señor con unos trapos que le cubrían las piernas. Cuando los retiraron, vio que tenía unas llagas purulentas, carcomidas por la lepra. En ese momento entendió, en una especie de revelación, que el duelo pesa menos que la culpa.

Del día fatídico tiene pocos recuerdos, que se amalgaman en su cabeza como un caldo turbulento. Aunque tenía cuatro años, en los anaqueles de su memoria permanecen claras las imágenes de una familia rezando el rosario en el corredor de la casa, una costumbre diaria de su papá, su mamá y sus hermanitos. Después, unos gritos, unos señores que entraron con rabia y afán; empujones, llanto, su mamá abrazando a su papá, los dos en el piso, más gritos, caras de espanto. Luego, un charco de sangre espesa y oscura. Un cuerpo tirado en el suelo con la cabeza al lado. Varias de esas imágenes son recuerdos de ella, otras hacen parte de lo que tiempo después le escuchó contar a su mamá.

El asesinato fue el final de la vida como la conocía, en esa vereda a una hora de la cabecera municipal de San Carlos, con nueve hermanos entre los dos meses y los catorce años. La mamá comenzó a confeccionar ropa para sacarlos adelante, pero, como no alcanzaba para todos, a Pastora la mandaron donde los abuelos. Fueron amorosos y entregados con ella. Como una tía que comenzó a estudiar para ser docente. Los abuelos y la niña se trasladaban para el lugar al que la mandaran. Abandonaron la montaña, donde el abuelo sembraba manzanilla, y se fueron más cerca del parque. En la escuela en la que comenzó a trabajar la tía también empezó a estudiar Pastorita, pero era tan necia que la tenían que sacar del hombro y llevarla para donde la abuelita. Allá le prestaban una tabla y un carboncito con los que empezó a garabatear las primeras letras porque, en el salón, no era capaz de quedarse quieta.

Iban de vereda en vereda y de pueblo en pueblo, hasta que llegaron al corregimiento de Samaná, y allá fue la primera vez que escuchó, rotundo, ese nombre que aún hoy se niega a pronunciar. Uno que, seguramente, oyó a los forasteros que entraron a su casa y que, acaso, su mamá repitió varias veces para insistir en que ese hombre, junto con otros, era quien había asesinado al papá de Pastora. El mismo nombre que, incluso muchos años después, cada que lo oía, le provocaba un escalofrío que le recorría la espalda, le revolcaba la cabeza y los recuerdos. Hasta que un día no aguantó más y decidió contárselo a su mamá. Ella le dijo que “cuidadito”, que ese señor debía estar muy viejo y que la vida debía haberle cobrado todo lo que había hecho. Pero ella siempre ha sido lo suficientemente terca como para abandonar lo que ya se le había metido en esa cabeza tan obstinada. Por eso se hizo amiga de las señoras rezanderas y maquinó múltiples planes para desquitarse.

La familia de Pastora era muy reconocida en la vereda. La tía era la profe, el abuelo Ramón tenía una tienda y la abuela Rosario cocinaba para los niños en un improvisado restaurante escolar. Por ese reconocimiento la aceptaron en el grupo que rezaba por los más necesitados, sin sospechar que en su cabeza estaba enquistada la ponzoña de la venganza. Ella quería envenenarlo y, a pesar de los valores que le habían inculcado, no lo consideraba malo porque ese mismo señor era el que la había dejado sin papá. Ese día, recuerda, le temblaban las piernas, iba a ver a esa persona que tanto daño les había hecho. En esta parte del relato se queda callada, levanta la mirada y comienza a buscar dentro de su cabeza esos recuerdos que, se nota, todavía le remueven las emociones. La casa del señor innombrable quedaba en una montaña muy escondida. Lo primero que vio fue a unos niños, quienes corrieron a esconderse como conejos apenas sintieron su presencia. Después de un rato, la curiosidad hizo que se asomaran. Aparecieron, poco a poco, unas caritas con ojos opacos y mocos secos, con la ropa raída y sucia. Luego salió una señora bajita y flaquita: era la esposa. Les dijo que pasaran y se acomodaran alrededor de una tarima en la que estaba una persona acostada, con un trapo encima. Cuando lo destaparon, la pierna tenía una herida llena de pus y sangre coagulada. Al ver esa escena sintió como si dentro de ella hubieran explotado con un alfiler una bomba de plástico. Suspiró muy hondo. La rabia y el rencor que había acumulado durante tantos años se esfumaron ante la contundencia de la escena que tenía al frente. Rezaron algunas oraciones, ofrecieron palabras de aliento y se fueron rápido.

En el camino, Pastora comenzó a llorar y las señoras le preguntaron qué le había pasado. Ellas no tenían ni idea de lo que le había ocurrido ni de lo que pensaba antes de ir a esa casa. En ese momento tuvo consciencia de que ella era huérfana, pero había tenido a su alrededor muchas personas que le habían dado tanto cariño. Pensó que esos niños habían tenido la mala fortuna de ser hijos de un señor que había malgastado su vida en la guerra. Regresó varias veces y siempre les llevaba juguetes y comida. También le ponía inyecciones al señor para intentar amainar su sufrimiento. Convenció a varias personas del pueblo para que les arreglaran aquel techo de paja, que no era capaz de contener la lluvia. Tan bondadosa fue con esa familia que la señora de la casa le preguntó quién era ella. Sin duda, se respondió a sí misma, un ángel de la guarda que les habían mandado para socorrerlos. Pastora le dijo que no, que ella era simplemente la hija de Francisco Mira Zuluaga, un señor al que habían matado en una vereda contigua por ser liberal. La esposa del innombrable entendió todo de golpe. Se acercó al esposo y le dijo que ella era una de las tantas huérfanas que él había dejado a lo largo de su vida. El señor bajó la cabeza y nunca más fue capaz de mirarla a los ojos. Para Pastora fue el mejor maestro que ha tenido en la vida porque le enseñó que la culpa es un ancla, un costal cargado de piedras, un mundo que se debe cargar sobre los hombros con la determinación de un titán, y que ese es un peso mucho más difícil de sobrellevar que el dolor. Volvieron a su cabeza las imágenes que conservaba y las palabras de su madre, el relato completo de lo que había pasado ese día en que se quedó sin padre.

El papá era liberal y aserraba madera. Tenía unos amigos conservadores, con los que trabajaba. Ellos fueron los primeros que le advirtieron sobre la presencia de unos hombres armados, le recomendaron que se fuera. Pero él pensó que no le debía nada a nadie y que, además, cómo iba a irse con toda la familia, como ya habían tenido que hacerlo otros conocidos del pueblo. Hasta que una noche llegaron esos sujetos y le pidieron que los llevara por el camino hacia la quebrada Sardinas. La esposa, desde el principio, tuvo un mal presentimiento, por eso abrazó a su esposo y los increpó para que no se lo llevaran. La primera vez que le dispararon tuvieron que bajarle la cabeza a ella. Cuando su padre cayó, su madre se desplomó junto a él. En ese momento, un hombre soberbio sacó un machete y lo decapitó. Ese hombre era Simón Gutiérrez. Es la primera vez que Pastora menciona ese nombre hasta ahora proscrito en su mente y se le nota la conmoción, la incomodidad de haber traspasado esa barrera, esa autocensura que funciona como una manera de protegerse de un malestar que, a pesar de los años, todavía la sobrecoge.

Pese a ese sufrimiento tan profundo, tuvo una infancia feliz. Siempre acompañaba a la abuela a coger las gallinas del almuerzo. Se iban para la quebrada a lavar y, debajo de las piedras, encontraba peces que después le fritaban para que se los comiera con arepa de maíz recién molido. Ordeñaban las vacas y tomaban leche caliente. La niña también hacía los mandados y la abuelita la ponía a recorrer largas distancias para repartir leche y arepas a los más necesitados. Ahí aprendió una vocación de servicio que siempre la ha acompañado. En el pequeño restaurante escolar que atendía la abuela, los que podían llevaban maíz, arepas, queso, y la señora cocinaba para todos los niños.

Pastora Mira convirtió sus propias pérdidas en una vida dedicada a acompañar y escuchar a otras víctimas. Foto: Margarita Isaza.

Pastora se casó muy joven y, a los diecinueve años, cuando su hija mayor apenas tenía dos meses, le mataron al esposo. Como una condena infinita, la historia se repetía también en su niña, que iba a tener que crecer sin un padre. Los Mira parecían una estirpe condenada a que cada una de sus generaciones no tuviera padre. La muerte de su primer esposo no fue por temas políticos, sino por una disputa de linderos.

Por aquellos años, la construcción de la hidroeléctrica atrajo muchos intereses económicos y la ambición desmesurada sobre la decisión de quién debía manejar esos dineros. La riqueza en el pueblo atrajo a muchos actores armados y derivó en la disputa entre las FARC, el ELN y luego las AUC; en el pueblo se volvieron comunes las desapariciones forzadas, los crímenes selectivos, las masacres, las extorsiones, el despojo de bienes, y los campos fueron sembrados con improvisados artefactos explosivos. A Pastora le tocó ver matar a muchas personas. Incluso tuvo que desplazarse, como les pasó a veinte mil de los veinticinco mil habitantes de San Carlos.

El pueblo tiene dos accesos: uno por el municipio de Granada, que era controlado por la guerrilla, y otro por San Rafael, el cual controlaban los paramilitares. La entrada por Granada se convirtió en una trocha intransitable, llena de huecos y de casas consumidas por la maleza, con paredes en las que estaban escritos los nombres de los grupos guerrilleros. En la carretera se alcanzaban a ver letreros que alertaban sobre la presencia de minas antipersonal que aún no habían sido desactivadas. Transitar por esas vías era como ir por un campo abandonado a su destino, como errar a través del escenario de una tragedia atómica o por el lugar de una catástrofe natural que hubiera devuelto a esta zona a los tiempos del génesis.

Los padres son la conexión que tenemos con la vida; la pareja, esa compañía que elegimos y con quien, muchas veces, mostramos toda nuestra vulnerabilidad; y los hijos, el llamado a prolongar nuestra existencia. El conflicto le arrebató a Pastora a su padre, a un esposo y a dos de sus hijos. Pastora vivió más muertes de las que pudo imaginar y sufrió pérdidas en todas las etapas de su vida. Para Nietzsche, los seres humanos tenemos que cargar caos dentro para poder ofrecer luz. Luego de tanta tristeza acumulada, Pastora ayudó a muchas mujeres a buscar los cuerpos de sus hijos e hijas. Los muertos y los heridos eran abandonados en el campo o en cualquier calle del pueblo. Ella se encontró a un muchacho malherido y, sin importar las consecuencias de socorrerlo, lo llevó a su casa para curarle las heridas. A pesar del padecimiento que todavía tenía, lo acostó en la cama y le puso la ropa de su hijo Jorge Aníbal a quien habían desaparecido hacía poco. Cuando el herido recobró el aliento, miró las paredes del cuarto y reconoció al muchacho al que le habían ordenado desaparecer y asesinar. Lloró, no pudo quedarse callado y se lo confesó a su benefactora. Tiempo después se reencontraron en el pueblo y él le contó que ya se había desmovilizado, que ya no estaba en esa vida. Se dieron un abrazo.

A su hija Sandra Paola la tenían secuestrada en un corregimiento. Se enteró porque conocía a la rectora del colegio de esa vereda. La secuestraron junto con su nieta, pero a la niña la devolvieron un tiempo después. Pastora llegó hasta donde los paramilitares y no encontró ningún rastro. Ellos le dijeron que la muchacha se había volado con un soldado. Llamó a todos los municipios vecinos, a los comandos de policía, a las parroquias, a ver si había aparecido un cuerpo con las características de su hija. También telefoneó a las estaciones de bomberos. Incluso, si le decían que había una pista en Barranquilla o en Ibagué, ella iba, arriesgaba su vida y gastaba un dinero que ni siquiera tenía. Así recibió los primeros indicios, pero la información era imprecisa porque, si bien se encontraba en el área indicada, buscar un cuerpo en el campo es como distinguir una huella en medio del barro después de una tormenta. En esa época, ya era reconocida como una líder de las víctimas, iba a las cárceles y hablaba con los desmovilizados, al punto de que el fiscal general pidió personalmente a sus subalternos que se encargaran de su caso. Con la información que tenía, llegaron hasta una cañada en San Carlos.

Días antes, Pastora había tenido una fuerte discusión con su nieta. La abuela quería, por fin, acabar con la angustia, pero la niña le dijo que, por favor, no le matara la ilusión. Ella quería mantener viva la esperanza, aunque fuera a costa de pensar que su mamá la había abandonado. Esa historia que había creado en su cabeza le permitía pensar que algún día se la iba a encontrar, en ese momento sabría que ya tenía otra familia y unos hermanitos que podría conocer. Pastora pensó que las dos eran huérfanas, aunque para una madre no hay un término preciso que designe ese hecho antinatural de tener que enterrar a un hijo.

Inicialmente sacaron unos pedazos de tela, luego los restos y algunos trozos de cabuya. Cuando sacaron el cráneo, Pastora alcanzó a ver la ortodoncia. Le faltaban los dientes incisivos y pudo percibir la fractura que se había hecho Sandra por andar encaramada en los árboles de guayaba. Ahí supo que era su niña. Estaba satisfecha porque, sentía, había cumplido una misión: por fin podía cerrar ese capítulo. Sin embargo, también la embargó la tristeza pues ahora comenzaba realmente su duelo. Cuando el fiscal le entregó la caja con los restos de su hija, tanto Pastora como su segundo esposo dijeron que ya se podían morir tranquilos, pero, al llegar a la casa, su nieta no quiso ni siquiera recibirla. Se encerró en la habitación y no salió en todo el día. Desde la cama se escuchaban su llanto y el reproche de haberle matado esa ilusión de volver a ver a su mamá irresponsable, pero viva. 

El CARE surgió como un espacio de memoria, encuentro y acompañamiento para las víctimas de San Carlos. Foto: Margarita Isaza.

Pastora regresó definitivamente y con las pocas personas que quedaban en San Carlos trataron de conservar un espacio, que para ellos fue la sede de los Bomberos. Pese a que los actores armados pasaban frente a ellos, e incluso se desafiaban a tiros, ellos seguían reunidos. Por la tarde sacaban un bingo, hacían chocolate, jugaban cartas, rezaban el rosario. Mantenían preparada ropa para atender a los desplazados que iban pasando y, en un solar, cultivaban maíz, engordaban gallinas y tenían un tanque con peces. Era su manera de oponerse a la muerte definitiva del pueblo en el que estaban sus raíces, donde habían enterrado a sus primeros y a sus últimos muertos, donde conformaron su movimiento político. De este espacio surgió la idea que se materializaría en el Centro de Acercamiento, Reconciliación y Reparación (CARE). Se asentaron en un antiguo hotel, que después devino en comando paramilitar. Por eso, los habitantes de San Carlos trataron de recuperarlo. En él funcionaba la Galería de la Memoria, buscaban víctimas, dictaban talleres, brindaban acompañamiento psicosocial a víctimas y victimarios, hasta que lo cerraron en 2026.

Pastora nunca ha tenido tiempo para la tristeza; desde que era niña le han sobrevenido las tragedias una tras otra. Piensa que ayudar a los otros es como una vitamina y que quien se queda en su dolor se ahoga, se enferma. La única manera que ha encontrado para sobrevivir es darles la mano a los otros, escucharlos, brindarles una profunda empatía a quienes han sufrido como ella, en un ejemplo radical de perdón y resiliencia.


*Andrés Puerta es comunicador social – periodista egresado de la Universidad de Antioquia, doctor en Lenguajes y Manifestaciones Artísticas y Literarias por la Universidad Autónoma de Madrid, y profesor de la Universidad de Medellín.