Después de 26 años Marta Edilma Murillo García está un poco más cerca darle una digna sepultura a su esposo, quien fue desaparecido después de la masacre de la escalera en San Carlos, Antioquia.
Por Valentina Quintín López*
Foto de portada: Valentina Quintín López
A las seis de la mañana del sábado 15 de abril del 2000, Miguel Ángel Arango Mora se despidió por última vez –sin saberlo– de la mujer que amaba. Se fue, como todos los fines de semana, a trabajar como ayudante en una de las chivas de San Carlos, Antioquia, el pueblo en el que vivía desde hacía años. Antes de salir le dijo a ella, Marta Murillo, que regresaría a las nueve de la mañana para desayunar. Desde entonces han pasado 26 años.
Lo que hoy se conoce como “la masacre de la escalera”, ocurrida ese sábado, fue lo siguiente: un grupo de paramilitares secuestró, torturó y asesinó a 15 campesinos que se transportaban en una carro escalera, luego recorrió el pueblo “encarpada”, es decir, con las ventanas cubiertas de plásticos negros, en un día de sol brillante y pasó de largo por un retén militar. Los cuerpos del dueño y conductor, Abelardo López, su ayudante, José Gustavo Loaiza Ceballos, y el bulteador, Enrique de Jesús Echavarría, aparecieron ese mismo día a veinte minutos de la cabecera municipal, en el sitio conocido como puente Arkansas. Los otros doce fueron encontrados quince días después por un campesino, en una fosa común en la vereda El Cerro, a 31 kilómetros de la zona urbana de San Carlos. Según una nota de prensa publicada el 2 de mayo del 2000 en El Colombiano, el día en el que llegaron los cadáveres de las víctimas, solo se reconocieron a diez de los doce cuerpos. Los dos restantes permanecen, hasta el día de hoy, como cuerpos no identificados en el cementerio del pueblo. Marta cuenta que en ese momento fue a buscar a Miguel, pero no logró identificarlo entre los cadáveres.
Las personas de San Carlos recuerdan que, por esos días, tanto la cabecera municipal como los alrededores estaban llenos de retenes militares. “A mí se me hace muy raro porque el pueblo estaba lleno de ejército por toda parte, rodeado de soldados y policías. Estaban los paracos; cuando salían los paracos entraba la guerrilla, había de todo. Entonces, ¿cómo pasó esa chiva? Para nosotros el culpable es el ejército también”, dice Marta la mañana de abril del aniversario número veintiséis de la masacre, sentada en una de las bancas del parque principal del pueblo.
Cuarenta minutos después, en esa misma banca, dirá: “A Miguel Ángel deben de tenerlo anotado ahí. Una como ya es corta de vista, ya no ve casi”. Ahí. Se refiere al Jardín de la Memoria, un monumento a las víctimas del conflicto armado, que toma la forma de flores y hojas con los nombres de cada una de las víctimas, todas ellas entrelazadas y unidas por una misma raíz que se extiende en el muro central del parque.
Según el portal de datos de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), en Antioquia hay 27 443 víctimas de este crimen contra los derechos humanos. A su vez, entre los municipios del Oriente antioqueño, San Carlos es el que evidencia mayor densidad de personas desaparecidas, con un total de 379. Es por esto que, durante las dos primeras semanas del pasado abril, por los días del aniversario de la masacre de la escalera, la UBPD estuvo en el cementerio de San Carlos interviniendo 33 bóvedas, con el fin de recuperar cuerpos no identificados (CNI), víctimas del conflicto armado. Entre esas bóvedas, se encontraba la n.º 7 del pabellón San Carlos, ocupada desde el primero de mayo del 2000 por uno de los dos cuerpos que no se identificaron tras la masacre. De esa bóveda, explica María Camila López Restrepo, antropóloga forense de la UBPD a cargo del Plan Regional de Búsqueda del Oriente Antioqueño, es donde se presume que podría haber estado, durante estas casi tres décadas, Miguel Ángel, el gran amor de Marta.
Marta Murillo –camisa rosada, aretes dorados, bluyín, sandalias, pelo rubio, ojos claros– habla sobre Miguel Ángel como quien habla de un recuerdo doble: el dolor profundo de la desaparición, la felicidad de haber amado y haber sido amada. Con la voz quebrada, pronuncia palabras como violencia, tristeza, llorar, buscar, hablar, declarar. Y luego, con la voz igual de frágil que los huesos de los que descansan en el cementerio del pueblo, explica los obstáculos que ha tenido que enfrentar en medio de la búsqueda de Miguel Ángel.
—Yo iba a la Alcaldía, daba las declaraciones, hablaba mucho. Allá me recibían papeles y papeles y en verdad no avanzaba el proceso.
—¿Qué le decían en la Alcaldía?
—“Tráigame este papel, tráigame este papel”. Hasta que yo les dije que qué pasaba. Una vez fui a hablar con el personero y eso no… Usted sabe que hay personas a las que atienden, y hay personas a las que no… Como que tienen rosca, será. Yo salía y les decía que muchas gracias.
A veinticinco años y medio de esa búsqueda –preguntando sola, llamando a números de las entidades que en la Alcaldía le seguían dando–, Marta llegó el primero de octubre del 2025 a una diligencia de la UBPD solicitando formalmente, a través de un formulario, la búsqueda de su marido. Desde entonces, siente que el proceso ha avanzado más que en el cuarto de siglo precedente. Seis meses después de haber radicado la búsqueda, durante la primera semana en la que el equipo de la UBPD estuvo interviniendo el cementerio, la llamaron a reconocer los que podrían ser los restos óseos de Miguel Ángel. Sin embargo, no fue capaz de ir, por lo que, en reemplazo, fue su hija Marcela.
El cementerio municipal de San Carlos queda a cinco cuadras del parque principal del pueblo. A las dos de la tarde de un lunes de mediados de abril, el ruido de los motores y el bullicio de la vida se disipa. Tras cruzar el umbral de la entrada, el rumor de los humanos es reemplazado por el silencio de los muertos. Hay árboles altos, testigos de todas las personas que, durante los años de brutal violencia, vinieron a parar aquí. Unos pasos más cerca, a unos cuantos metros de una carpa blanca delimitada por un cordón lila en el que se lee en letras blancas NO PASE, MISIÓN HUMANITARIA, se encuentran María Camila y Mariana, antropólogas forenses de la UBPD, sumidas en la concentración del ritual propio de su labor. Al fondo, detrás de la mesa en la cual trabajan, está el pabellón San Juan. Hay bóvedas abiertas, vacías e intervenidas, rematadas con el logo de la UBPD y los datos necesarios para individualizar los cuerpos sin identificar: “Abordado abril 2026. COMPETENCIA NN FEB 28 2004 NECRO: 004 DE 2004”; además del número del caso, compuesto por una mezcla de veinte números y letras. En la parte inferior, en donde se pondrían palabras de amor y el epitafio, se lee: PROHIBIDO EXHUMAR O ALTERAR.

El silencio se rompe cada tanto con el ruido de una sierra. Es el sepulturero del pueblo, don Ovidio, que corta las nuevas tapas de las bóvedas que se sellarán al final de la jornada. Entre el ruido metálico y el silencio sepulcral, María Camila cuenta que las condiciones de los cuerpos que fueron a exhumar son difíciles, como sucede en muchos de los casos de desaparición forzada en este país: por lo general estos cuerpos son inhumados en los peores pabellones, en los peores ataúdes, en bóvedas a ras de suelo, donde es más fácil que penetre la humedad y se deterioren con mayor severidad.
En los días posteriores a esta visita al cementerio, que ocurrió en abril del 2026, viendo al equipo forense preocuparse por los frágiles huesos del cadáver que se encuentra en aquel pedazo de metal con patas convertida en mesa mortuoria, queda la sensación de que, antes de la intervención de la UBPD, a nadie le importaron más que por unos días mientras la conmoción de la masacre seguía viva, los cuerpos de las dos personas no identificadas que dejó la matanza. Esto, este puñado de mujeres que conforman el equipo forense de la Unidad –dos antropólogas, una criminalista, una odontóloga y una médica forenses– dedican dieciséis días de su vida, sin descanso, durante ocho horas diarias, a estos cuerpos sin nombre. Buscando, siempre, nombrarlos.
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Marcela Murillo es hija de crianza de Miguel Ángel, pero en el corto tiempo que habla sobre él la noche en la que nos conocemos, lo hace, en partes iguales, con una voz cariñosa y olvidada. Esa noche en la sala de su casa mientras su hija Eva Luna está viendo un programa de televisión para niños, dice que fue al cementerio y que lo reconoció por algo que tanto María Camila, la antropóloga forense de la UBPD, como su madre, Marta, habían mencionado ya en varias ocasiones: Miguel Ángel tuvo un accidente en un caballo y le habían tenido que hacer una cirugía en el cráneo. Así, veintiséis años después de su desaparición, con ese indicio descrito tan específicamente, Marcela lo reconoció.
María Camila, la antropóloga, recuerda el caso de Miguel Ángel así: “Fue particular porque ella dijo que a él le habían hecho un procedimiento quirúrgico como un año atrás. Y nosotros sí encontramos un hilo de sutura en el cráneo. Eso es bastante orientador con respecto a la información que ella brindó, porque no habíamos encontrado ningún otro cuerpo con ese hilo de sutura en el cráneo. Sin embargo, todo el tiempo es bajo la presunción de que podría ser, pues no es sino hasta que se hagan los análisis en el laboratorio cuando nos pueden confirmar. Pero ahí está el caso difícil con Miguel Ángel… Ella es hija de crianza, y los padres de él ya fallecieron”. Esto, teniendo en cuenta que el único hermano vivo que tiene Miguel Ángel decidió no donar muestra para hacer el cotejo de ADN.
Dairo Correa, investigador de la UBPD en el Oriente antioqueño, estuvo allí cuando se produjeron las primeras exhumaciones, entre ellas, la de la bóveda n.º 7 del pabellón San Carlos. Según Correa, para la identificación de Miguel Ángel hay dos opciones. La primera (que es quizá la más larga debido a los procesos burocráticos y por la necesidad de articularse con el Plan Regional del Norte Antioqueño) es exhumar los cuerpos de los padres, los cuales se encuentran en el municipio de Toledo, a 272 kilómetros de San Carlos. La segunda, aunque también requiere un debido proceso por su rigor en la verificación, es, como lo llama Dairo, una grieta: la posible identificación mediante la comparación de la historia clínica de Miguel Ángel –debido a la particularidad de la herida que sufrió en el cráneo un año atrás– y el cuerpo de la bóveda n.º 7, en el que en la exhumación se le reconoció, justamente, una herida en el cráneo y su respectivo hilo de sutura. El proceso es lento: requiere la búsqueda y entrega de la historia clínica y el posterior análisis de peritos expertos que podrían confirmar que el de Miguel Ángel es el cuerpo de la bóveda n.º 7.
Marta vive a tres cuadras de la plaza principal del pueblo. Su casa es, como ella la calificaría más tarde, una casa humilde: una reja sobre una puerta que da a la calle comercial de San Carlos, una sala más o menos pequeña –sobre uno de los sillones hay colores y dibujos de su nieta Eva Luna–, dos dormitorios, la cocina impecable, lavadero y una ventana al fondo del pasillo que deja ver el paisaje de todos los días; en el filo del muro de la ventana, una planta de sábila. Pocas cosas decoran su hogar: una fotografía del grado de bachiller de su otra nieta, un cuadro de un paisaje con un caballo galopando.
Veintiséis años y un día después de la masacre, en la noche del 16 de abril del 2026, en la sala de su casa, mientras afuera llueve a cántaros, Marta dice que es la primera vez que habla con una periodista sobre lo que pasó. Cuando le pregunté si había recibido ayuda psicológica en algún momento del proceso, dijo:
—Una gente, una persona acá, una vez…
—¿Una vez? ¿Una sesión?
—Un señor. Entró, empezó a dialogar conmigo acá. Después se fue yendo conmigo hasta el patio y charlando, charlando y preguntándome qué sentía por la muerte de mis familiares, ya muchos días, ya mucho tiempo. Y ya cuando llegamos al patio, empezó el llanto. Y me dio fue la lloradera. No sé decir si era algún psicólogo o qué.
Después, se fue. Y nunca nadie más.
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Marta Murillo cumplió sesenta y cinco años un día después del aniversario de la masacre. Ese fin de semana lo pasó en el campo, con su familia, celebrando un año más de vida. Ya pasaron más de dos décadas desde ese sábado de muerte; en la plaza del pueblo la vida parece haber seguido, pero la búsqueda continúa. A veces en silencio, a veces acompañada, a veces sin fuerza, a veces llena de determinación. Algún día, ojalá más pronto que tarde, esta historia de búsqueda valiente y dolorosa, tenga punto final.
* Texto realizado en el curso Producción y géneros periodísticos II 2026-1 del pregrado de Periodismo de la Universidad de Antioquia
