En una esquina de un barrio obrero del sur del Valle de Aburrá, hace 32 años, asesinaron a 10 jóvenes con tiros de gracia. Este relato recuerda la tragedia y nombra las ausencias de las familias y los vecinos que aún no los olvidan.

Por Daniel Rendón Araque*
Foto de portada: Archivo personal de Lina María Herrera

En 1994, El Porvenir era una zona rural de interés para las ladrilleras de Itagüí y para los combos El Ajizal, El Bolo, La Colinita y El Gordo, que se disputaban el territorio. En el sector también operaban las estructuras armadas Milicias Populares del Pueblo y Para el Pueblo (MPPP) y las Milicias Independientes del Valle de Aburrá (MIVA), las cuales, el 26 de mayo del mismo año, en el barrio Santa Cruz de Medellín, firmaron un acuerdo de paz con el Gobierno nacional. En total, 650 personas entregaron las armas.

Lina María Herrera, en aquel entonces, tenía dieciocho años y hacía parte del grupo JC Juventud Creativa, al que también pertenecían dos de sus siete hermanos. “Nos mataron a seis personas cercanas al grupo”, recuerda Lina observando la esquina donde ocurrió la masacre.

“Didier, mi único hermano por parte de mamá y papá, estaba empezando a fumar cigarrillo y a tomar cerveza, algo muy común en la época. Trabajaba en la tiendecita de un vecino al que le decían Meca. Yo pensé que estaba en la tienda cuando sonaron los tiros. Giovanny, mi otro hermano por parte de mi papá, era muy trabajadorcito y juicioso. Era muy noble. Cuando ocurrió la masacre, él había acabado de subir de misa”, cuenta Lina.

Su voz se entremezcla en armonía con el ambiente del barrio: la misa en la capilla, la música en las tiendas, el murmullo de la gente, las motos, el comadreo, el rebote de los balones en la cancha. Es imposible no imaginarse a los muchachos habitando hoy su barrio más allá de la esquina y el billar.

“La mayoría de los muchachos trabajaban porque las condiciones económicas del barrio eran muy limitadas. Algunos ya se habían graduado; los que habían decidido estudiar, y los otros trabajaban en la ladrillera por facilidad. Venían de papás y tíos que trabajaban en la ladrillera entonces heredaban el puesto”.

A pesar de que allí ocurrió lo que considera como “el suceso más doloroso de su vida”, Lina no concibe vivir en otro lugar que no sea El Porvenir. Se refiere a su barrio con cariño, pero siendo consciente de las formas en que éste la ha impactado.

“El primer muerto que vi en mi vida fue a los seis años, una niña que la atropelló un carro. Ahí le perdí el miedo a los muertos porque vi la muerte como una realidad cercana. Después llegó un combo a hacer limpieza social y mataron a Alfonso Arango, un amigo de mi mamá. Ahí me hice consciente de la violencia en el barrio”.

Lina sonríe y saluda con familiaridad. En el barrio la reconocen por ser vecina, pero también por desempeñarse como lideresa desde que tenía trece años. Algunos jóvenes que fueron sus estudiantes cuando trabajó como bibliotecaria en uno de los centros educativos, la abrazan cuando la ven. La molestan cariñosamente. Saben que es la amiga y la hermana de los muchachos de la masacre, aunque nadie lo menciona.

Dos años después de la masacre, Lina se casó con Óscar, también integrante del grupo juvenil. Luego tuvieron a Juan Pablo; la dieta del posparto le impidió asistir a la exhumación de los muchachos.

Asesinan a diez jóvenes en Itagüí, Antioquia
Algunos integrantes de JC Juventud Creativa en una actividad organizada por la Red de Servicios Juveniles dirigida por los Hermanos de La Salle en Medellín, 1994. Foto de portada: Archivo personal de Lina María Herrera

“Ese domingo yo estaba esperando a Óscar. Cuando llegó, nos quedamos en el corredor de la casa haciendo tiempo porque a las ocho y media de la noche teníamos una reunión del grupo juvenil para cuadrar la celebración del día de los brujitos. Desde entonces dice que yo le salvé la vida, porque minutos antes él estaba en la esquina donde ocurrió todo.

Para nosotros no era extraño que sonara bala en el barrio. En la indiferencia que trae la inmadurez, yo era de las que decían: ‘si los mataron, algo hicieron’. Luego me tuve que tragar mis palabras.

Cuando sonaron los tiros, nos entramos y escuché un solo grito de toda la comunidad y el de una muchacha: ‘¡Didier! ¡Didier!’ No sé cómo describir lo que sentí en ese momento. Jamás pensé en la dimensión de la tragedia.

Según los testimonios de algunos vecinos, a eso de las ocho y cuarto de la noche, cuatro tipos llegaron en un Renault 4 a la esquina donde estaban los muchachos conversando, les pidieron los documentos de identidad y una requisa. Los documentos ni los miraron, sino que dijeron que los menores de edad se podían ir.

Un hermano de Óscar fue uno de los que hizo caso, pero conociendo a Wbeimar, estoy segura de que se quedó para llegar a decirme: ‘Lina, me requisaron’.

A los demás los obligaron a acostarse boca abajo, con los brazos hacia atrás, y comenzaron a dispararles. Uno de ellos quedó con un bombillo que acababa de comprar. Todos murieron con el documento de identidad entre las manos.

Cuando llegué a la esquina, el impacto y el desespero al ver tantos cuerpos tirados y tanta sangre bajando por la calle, me dejó aturdida y solo reconocí a mis dos hermanos; estaban juntos.

Giovanny tuvo un movimiento corporal y yo grité que estaba vivo. Se lo llevaron para la clínica, pero llegó sin signos vitales. De hecho, era descabellado que estuviese vivo porque a todos les dieron tiro de gracia. Lo del tiro de gracia me taladraba en el corazón.

Hubo uno que logró volarse”.

Edison Yepes Sánchez fue el único que sobrevivió a pesar de recibir un par de disparos por la espalda. Actualmente continúa viviendo en el barrio.

Para Lina, 32 años después, este hecho no deja de ser confuso. No recuerda bien las fechas, pero sí los detalles. Ha reconstruido parte de lo ocurrido aquella noche entre rumores persistentes: que los hombres vestían de negro, que el carro no tenía placas, que uno de ellos recogió los casquillos después de disparar, que otro fue visto durante el levantamiento de los cuerpos, que la policía llegó en tiempo récord, que hubo intimidaciones posteriores a la comunidad.

El 22 de julio de 2009, la Sala de lo Contencioso Administrativo del Consejo de Estado, negó en segunda instancia la apelación que buscaba responsabilizar a la Policía Nacional. El expediente concluyó: “En relación con las personas que cometieron los asesinatos, varios testigos señalaron que fueron miembros del F2. Sin embargo, el fallo sostiene que esas declaraciones no son contundentes ni tienen la fuerza probatoria necesaria”.

Más adelante, la decisión argumenta que en el sector “existían enfrentamientos entre grupos armados ilegales”, y que los asesinatos pudieron haber sido cometidos por “bandas de maleantes”.

Con respecto a la denuncia, Lina menciona: “Ningún combo se atribuyó la responsabilidad. Ellos conocían a los pelados y sabían que eran sanos. Lo que sí es real es que esa noche llegó un carro, a esa hora, y mataron a los muchachos. Yo esa noche solo lloré por mis dos hermanos. Sabía que había más cuerpos, pero no tenía ni idea de quiénes eran. Ahí estaban los amigos con los que crecí, los amigos de la vida”.

“Al día siguiente, a mi casa llegó Mileida, la hermanita de Wbeimar. Yo creí que había ido por solidaridad conmigo, cuando me fue diciendo: ‘Lina, no sé qué vamos a hacer sin el niño de la casa’. Ellos habían perdido dos años antes al hermano mayor porque un carro lo atropelló.

Cuando ella me dijo eso, yo como: ¡uy!, ¿qué pasó aquí? Le pregunté que quién más había muerto y empezó a mencionarme al resto de los muchachos. Ahí fue cuando dimensioné la tragedia.

Recuerdo que hablamos como a las diez de la mañana porque los cuerpos comenzaron a llegar al mediodía. Cada vez que llegaba uno era un dolor en el alma.

Los cuerpos los velamos en la cancha del barrio bajo unas carpas que nos prestaron. En el día hubo mucha gente, pero en la noche éramos muy poquitos porque la gente tenía mucho miedo. Aunque teníamos a la policía cuidando, nos daba más miedo eso que estar solos porque ya había surgido el rumor de que habían sido ellos.

A Giovanny fue el único que velaron en sala de velación y que enterraron aparte. De resto, a los nueve los velamos y los enterramos juntos”.

“De camino al cementerio, recuerdo ir en el bus y ver mucha gente en la calle con camisetas y banderas blancas. Del agotamiento medio me quedaba dormida y cuando despertaba le decía a Óscar: ‘dígame que esto es mentira, dígame que no mataron a los muchachos’. Él con los ojos aguados apenas se quedaba en silencio y se contenía para no llorar.

En el entierro me desmayé. En el momento que iban a meter el cuerpo de Didier a la tumba, yo no aguantaba más. El dolor era demasiado fuerte y perdí la conciencia. Cuando desperté, me estaban dando agua para que volviera. Ya habían tapado la tumba.

Óscar y yo hemos hecho el duelo muchas veces. Él tuvo que reconocer ahí a los dos cuñados, al mejor amigo y al primo. A veces, cuando nos da la gana de recordar y honrar la memoria de los muchachos, ponemos la canción Adiós amigos, de Los Fantasmas del Caribe, y los lloramos”.

Lina evoca a sus amigos a través del amor. Sonríe sutilmente cuando los recuerdos asaltan su nostalgia. Aún intenta encontrarle explicación a lo ocurrido. Hoy lamenta más el silencio al respecto y el “duelo colectivo sin elaborar”. Asimismo, considera frustrante la falta de reconocimiento por parte de la justicia. “Mi papá murió en el 2024. Murió esperando ser reparado. Mi mamá sigue ahí, a la espera”.

“Después de la masacre, el miedo del barrio se sentía en el aire. Salíamos para lo estrictamente necesario. Después de las cinco de la tarde usted no veía a nadie fuera de su casa. Yo siempre he pensado que lo de los muchachos fue para sembrar miedo.

Las familias nos encerramos. Nos fuimos aislando y nos distanciamos a pesar de haber sido tan cercanas en su momento. Hoy la mayoría seguimos en el barrio y nos saludamos muy cordiales. Hay una familiaridad en ese duelo.

Para mí la esquina sigue siendo la esquina del barrio y la esquina donde mataron a los muchachos. Hoy no estoy hablando de un acto injusto porque no tengo ni idea de qué es la justicia, pero busco memoria”.

En el 2026, en el Museo de Itagüí, una exposición llamada Obituario: Luto diario en Itagüí 1990 – 2010 intentó narrar parte de lo ocurrido en aquel entonces a partir de archivos de prensa. Un intento en una sala temporal en una ciudad donde la memoria y el duelo yacen entre la permanencia del silencio y la amenaza del olvido.

Al ingresar, lo primero que reclamó mi atención fue una fotografía ampliada de Juan Antonio Sánchez, titulada: Luto en El Porvenir, extraída de una noticia publicada por El Mundo, el martes 25 de octubre de 1994. El mismo día del entierro.

Integrantes del grupo JC Juventud Creativa, en Itagüí.
Noticia publicada por el periódico El Mundo, el martes 25 de octubre de 1994. Foto: Juan Antonio Sánchez / El Mundo.

“De nada sirvió el número telefónico pintado en la pared de una vivienda del barrio El Porvenir, en el cual se pide denunciar violaciones a los Derechos Humanos”, dice el pie de foto de la noticia.

Lina continúa hablando de “los muchachos”, incluso cuando todos tendrían alrededor de cincuenta años. Se eternizaron como “los muchachos” porque la muerte congeló ese último instante de lo que fue su vida.

Hoy en El Porvenir no se habla de la masacre. En la esquina no hay miedo, no hay sangre, no hay memoria. Solo el silencio y los recuerdos de aquellos que no debemos olvidar.

Esneider Aguirre Correa (15 años)

Edwar Albeiro Ospina Urán, “Calavera” (16 años)

Wbeimar Alonso Agudelo Yepes (16 años)

Didier Alexander Herrera (16 años)

Edicson Sánchez Echavarría, “Chorizo” (17 años)

Jhon Fredy Toro Castañeda, “Torito” (18 años)

Luis Alonso Bermúdez Restrepo, “Puntilla” (19 años)

Giovanny Alberto Vargas Ortíz (19 años)

Juan Bautista López Acevedo, “Tista y Planazo” (21 años)

Gerardo Antonio Agudelo Grajales, “Gerardito” (Sin registro de la edad)

Edison Yepes Sánchez (Sobrevivió)


Texto realizado en el curso Producción y géneros periodísticos II 2026-1 del pregrado de Periodismo de la Universidad de Antioquia