En Antioquia, un grupo de mujeres le da otro sentido a la paz. Lejos de los discursos oficiales, la construyen desde lo cotidiano, cuidando sus cuerpos, sus comunidades y el territorio que habitan. La investigación «Mujeres y repertorios de paz», liderada por Lina Marín Moreno, recoge estas voces y muestra cómo, para ellas, la paz es una práctica diaria que se teje en comunidad.
Por Lina María Martínez Mejía, periodista de la Dirección de Comunicaciones UdeA – Periódico Alma Mater
Para Luz Emilsen Bedoya la paz está en la tierra y se cultiva a diario en el municipio de Sonsón, Oriente antioqueño. La siente cada vez que siembra papas, coles o remolachas, y cuando arranca hojas de las plantas aromáticas para preparar infusiones que alivian resfriados y otras dolencias. La vive también al reunirse con sus compañeras en la casa de la Asociación de Mujeres María Martínez de Nisser; donde, sentadas en el patio o en la ecohuerta, conversan mientras preparan los mercados agroecológicos en los que venden sus productos a la comunidad.
A más de 300 kilómetros de allí, Luna Palencia Julio siente paz en el ambiente cada vez que escucha el tambor llamador del bullerengue; alrededor de ese sonido seco y agudo se reúnen los músicos, los bailaores y los cantaores de Ekuela, una casa de saberes en la que las niñas, niños y jóvenes de Chigorodó, en el Urabá antioqueño, aprenden a habitar el territorio a través de la música, la tradición y la cultura.
Para Luz Emilsen y Luna la paz no es un discurso institucional ni un decreto que se firma; es algo que se siembra, se canta y se construye en lo cotidiano: «Es poder estar, vivir y moverse con libertad; es una posibilidad para cumplir los sueños».
Estas palabras de Luz Emilsen surgieron de las conversaciones que propuso el proyecto «Mujeres y repertorios de paz: prácticas de cuidado del cuerpo-territorio en el Urabá y el Oriente antioqueño», una investigación de Lina Marcela Marín Moreno —doctora en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad y docente de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la UdeA—, que documenta y analiza las estrategias de construcción de paz elaboradas por mujeres en estas dos subregiones del departamento de Antioquia.
En enero del 2025, después de ser seleccionada como una de las investigadoras del programa «Orquídeas: mujeres en la ciencia» —una iniciativa del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, que busca cerrar la brecha de género en la práctica científica—, la profesora Lina, junto a Kimberly Valencia, joven investigadora que la acompañó en el proceso, emprendió un recorrido por el Oriente y el Urabá, en busca de voces y relatos de mujeres vinculadas a organizaciones y procesos comunitarios que encarnan repertorios de paz: prácticas colectivas que permiten narrar y transformar el territorio a través de la memoria histórica, el arte, la educación popular, la espiritualidad y la defensa de los derechos humanos.
En esas visitas conoció a Luz Emilsen, a Luna y otras ocho mujeres, quienes, además de mostrarle cómo entienden y viven la paz, le confiaron sus sueños, lo que anhelan para ellas y para el territorio que habitan: «Las mujeres tienen una concepción diferente de la violencia; por eso, pueden aportar a la construcción de paz, más allá del discurso», dice la profesora Lina Marín.

Fotos: Sebastián David Duque y Melissa Vásquez.
Después de identificar los repertorios —cinco en el Oriente y cinco en Urabá—, comenzó un diálogo en el que las mujeres y las investigadoras le dieron un sentido propio al concepto de paz a partir de experiencias cotidianas. De este trabajo colaborativo resultaron diez relatos, tejidos mediante las producciones narrativas, una metodología que articula investigación académica y la voz de las participantes: «Elegimos este enfoque porque surge de la epistemología feminista y responde a una inquietud personal: las mujeres tenemos formas propias de escribir, de hablar y de contar que también son científicas, y son distintas a las que tradicionalmente encontramos en la academia, más rígidas y diseñadas desde perspectivas masculinas», explica la profesora Lina.
La paz se construye en comunidad
Las mujeres que participaron en el proyecto coinciden en que para hacer la paz hay que «estar y hacer juntas». De las conversaciones que sostuvo con las participantes durante un año, Lina Marín concluyó que «es casi imposible encontrar una práctica de paz realizada por una mujer en solitario; la paz es un proceso conjunto y colectivo que surge de encuentros permanentes y de la escucha mutua».
Para Luz Emilsen —que estudió psicología social— la paz es un asunto que se entreteje en el día a día y que tiene a la colectividad como pilar fundamental; para ella, «sembrar cura y juntarse para cultivar la tierra cura». El cuidado no es tarea de una sola persona, sino una labor conjunta que permite alivianar cargas: «Lo de las juntanzas también es muy de las mujeres campesinas; si una integrante de la Asociación de Mujeres María Martínez de Nisser tuvo bebé, nos juntamos para llevarle algo, nos ponemos a su disposición», cuenta Luz Emilsen, quien además abrió un consultorio de psicología en la asociación para cuidar la salud mental de las mujeres de su comunidad.
Para Luna Palencia la paz es el bullerengue mismo: «La esencia de esta danza ancestral está en el harambé, que en palabras sagradas afro significa hagamos juntos. Así como en el bullerengue cada persona tiene su asunto —su manera particular de bailar o cantar—, la paz se define por la forma en que cada territorio decide vivirla».
El bullerengue también le ha mostrado a Luna que el cuerpo es el primer territorio que se debe cuidar y sanar. Esta convicción nació, en parte, al observar prácticas estéticas dañinas entre las niñas y jóvenes de Urabá: algunas, con cabello afro, se aplicaban sustancias químicas que debilitaban el pelo hasta provocar su caída; otras, recurrían a cremas para intentar blanquearse la piel. Estos casos impulsaron la creación de Ekuela como un espacio para resignificar la identidad afrodescendiente: «No se puede realizar un trabajo colectivo sano si antes no existe un proceso individual de autocuidado. Se cuida el cuerpo para poder cuidar de las otras, de la comunidad y, finalmente, del territorio», dice Luna.
Otra de las conclusiones del proyecto es que la independencia financiera también aporta a la construcción de paz. Iniciativas como el mercado agroecológico de la Asociación de Mujeres María Martínez de Nisser permiten que ellas descubran el valor de su propio trabajo y reciban ingresos propios: «La autonomía económica transforma la frustración histórica de las mujeres en libertad para habitar y defender sus territorios», explica la profesora Lina.
Imaginar la paz
A veces es difícil imaginar la paz en medio del conflicto; sin embargo, las iniciativas que lideran las mujeres en el Oriente y el Urabá demuestran que la imaginación colectiva juega un papel esencial en su construcción, pues les permite crear realidades y oportunidades distintas; para ellas, como concluye la profesora Lina Marín, «la paz es una acción viva que ocurre incluso en medio de la guerra». Así, la paz deja de ser un concepto abstracto y se convierte en un deseo compartido.
En estas regiones, esa apuesta se teje en medio de múltiples conflictos: el recrudecimiento de la violencia armada y las disputas por el control territorial, el avance de economías extractivas que encarecen y transforman la tierra, y estructuras patriarcales que limitan su autonomía y participación. Entre restricciones de movilidad, precariedad económica y mandatos culturales que desvalorizan su liderazgo, las mujeres sostienen procesos organizativos que desafían no solo la violencia, sino también las desigualdades históricas que atraviesan sus comunidades.
Es en ese contexto donde sus imaginaciones cobran fuerza y toman forma concreta. Por ejemplo, Luna Palencia y las integrantes de Ekuela se imaginan el Urabá como una «gran casa de saberes», un espacio acogedor donde cada quien tiene su lugar y puede habitarlo con tranquilidad. Luz Emilsen y sus compañeras se imaginan a Sonsón como un municipio donde las mujeres caminen juntas para cuidar de sí mismas, de sus familias y de la tierra. Un lugar donde la paz no sea un anhelo lejano, sino una práctica cotidiana que permita cumplir los sueños.
En enero del 2026 se publicaron los resultados de la investigación. Un sitio web que recoge los repertorios de paz narrados por las mujeres que participaron en el proyecto: diez relatos acompañados de ilustraciones que muestran las experiencias que lideran las protagonistas de estas historias; una serie de podcast con diez episodios narrados por Luz Emilsen Bedoya, Luna Palencia y otras ocho mujeres que invitan a vivir la paz como una práctica viva, heterogénea y cotidiana. Además, en las dos subregiones se realizaron dos instalaciones-collage para socializar y compartir los hallazgos y reflexiones que dejó «Mujeres y repertorios de paz: prácticas de cuidado del cuerpo-territorio en el Urabá y el Oriente antioqueño».
Como parte de la estrategia de apropiación social del conocimiento, el proyecto también presentó un artículo académico y un kit de herramientas de inteligencia artificial que facilita el trabajo de las organizaciones de mujeres que participaron en el proceso.
