En muchas escuelas, la paz todavía se queda en el papel, pero en otras empieza a tomar forma en lo cotidiano: en la biblioteca, en el aula, en la manera de habitar el territorio. La investigación «Pedagogía de la memoria para la biblioteca escolar en Colombia. Posibilidades para el liderazgo de la Cátedra de la Paz», recoge experiencias de maestros que están intentando llevar esa idea a la práctica.
Por Lina María Martínez Mejía, periodista de la Dirección de Comunicaciones UdeA – Periódico Alma Mater
Simón Pérez y sus compañeros de la Institución Educativa Marco Tobón Mejía habían oído hablar de la Reserva Natural Guanacas. Sabían que estaba cerca del casco urbano de Santa Rosa de Osos, el municipio donde vivían y estudiaban. Lo que no se imaginaban era que en las más de 1200 hectáreas de este bosque de niebla habitan pumas, ocelotes y oncillas; que entre sus árboles —muchos de ellos nativos— vuelan más de cien especies de aves; o que de este santuario natural nacen 18 fuentes de agua.
Estos y otros datos los investigaron en la «Cátedra de paz para las ciudadanías críticas», un curso orientado a la defensa del territorio, el cuidado de los bienes naturales y la recuperación de la identidad campesina. Durante una salida a la reserva natural en el 2023 —mientras Simón y sus compañeros cursaban el grado décimo—, el maestro Jonathan Piedrahíta buscaba mostrarles que la paz también se construye mediante el conocimiento del entorno y el compromiso con la vida digna y la protección del medio ambiente.
Durante el recorrido, Simón iba con la mente abierta: dispuesto a dejarse sorprender por el paisaje y atento a todos los detalles que le permitieran responder las inquietudes que surgieron en el aula de clase. Los frailejones —de distintos tamaños— lo impresionaron. Había escuchado hablar de ellos, pero no sospechaba que estuvieran tan cerca de su casa. También le llamó la atención lo que les dijeron sobre los nacimientos de agua: que la presencia de ciertos microorganismos puede indicar que ese líquido vital es puro y apto para su consumo.
Ese día él y sus compañeros tomaron fotos y anotaron los hallazgos en sus libretas para poder presentarlos en la cátedra de paz: «Desde mi punto de vista, el conocimiento del territorio contribuye a la paz cuando los ciudadanos no se quedan al margen, sino que están presentes y ejercen veeduría sobre las entidades que controlan los recursos naturales. Conocer el territorio es, en últimas, la base para una ciudadanía activa y democrática», dice Simón.
Esta y otras conclusiones nutrieron las discusiones que tuvieron los alumnos de décimo con Jonathan, el profesor de ciencias sociales, economía, política y filosofía de la Institución Educativa Marco Tobón Mejía.
A diferencia de los enfoques tradicionales que se centran en el estudio de conflictos sociológicos o políticos abstractos, Jonathan fundamenta su cátedra en la defensa del territorio: «Con los estudiantes busco impulsar procesos de recuperación y de diálogo sobre las expresiones territoriales, comunitarias y educativas de lo que significa ser campesino y ser custodio de los recursos naturales necesarios para el buen vivir», explica.
En el 2024, Jonathan compartió su experiencia —y la de sus estudiantes— con profesores y bibliotecólogos que participaron en la investigación «Pedagogía de la memoria para la biblioteca escolar en Colombia. Posibilidades para el liderazgo de la Cátedra de la Paz», liderada por Juan David Lopera Mazo, bibliotecólogo y magíster en Educación de la Universidad de Antioquia, docente e integrante del Grupo de Investigación Información, Conocimiento y Sociedad, adscrito a la Escuela Interamericana de Bibliotecología.
El proyecto indaga cómo la memoria social y la cultura de paz pueden cultivarse en la escuela, especialmente desde la biblioteca escolar. Más que un lugar de estantes y salas de lectura, este espacio puede convertirse en un puente entre el aula y el territorio, acompañando procesos de aprendizaje que se viven tanto en clase como en el recorrido que hicieron Simón y sus compañeros por la Reserva Natural Guanacas.
«La biblioteca escolar no es simplemente un centro de recursos de enseñanza y aprendizaje, ni un espacio auxiliar del currículo. Es, ante todo, una institución de la memoria, un territorio vivo donde circulan lenguajes, saberes y afectos», dice Juan David.

Maestros cultores de paz
Patricia Álvarez Zapata fue profesora de ética y valores en la Institución Educativa Presbítero Antonio José Bernal —ubicada en la Comuna 5, cerca de la estación Acevedo del Metro de Medellín— hasta el 2020, año en el que se jubiló. Cuando calificaba los trabajos de sus alumnos escribía una nota para hacer aclaraciones, plantear una pregunta o simplemente dejar unas felicitaciones; al final, plasmaba las iniciales de su nombre: PAZ. Lo que comenzó como una forma rápida de firmar exámenes terminó por definir su apuesta política y ética dentro de la escuela. Sus estudiantes comenzaron a llamarla «maestra Paz»; era la manera que tenían para reconocer que sus palabras y enseñanzas creaban un entorno seguro y reparador en el aula.
En las clases de la maestra Paz, los jóvenes —muchos de ellos víctimas del conflicto armado— eran escuchados. Inspirada por su formación en educación física, integró el cuerpo en la asignatura de ética y valores a través del movimiento, las artes escénicas y los ejercicios biográficos para tramitar el dolor; además, formó cerca de doscientos mediadores escolares que resolvían las diferencias entre sus compañeros, basándose en la sensibilidad y el entendimiento de las lógicas del otro.
«Asumir de manera intencionada mi trabajo como maestra me permitió habitar la escuela desde un lugar más humano y reconocer el valor de la voz, el sentir y las acciones de cada estudiante. Por mis manos pasaron muchos jóvenes que no solo llegaron a recibir: también dejaron en mí una mujer fortalecida por sus historias, su fuerza y su lucha por salir adelante».
Esta es una de las reflexiones que compartió Patricia Álvarez en el «taller de la palabra», la estrategia metodológica que implementó Juan David Lopera en su investigación para conocer las experiencias de los «maestros cultores de paz» que, desde diversos lugares y roles dentro de la escuela, promueven la cultura de paz en sus comunidades.
Tanto las estrategias pedagógicas que implementaba la profesora Patricia en su aula —basadas en el liderazgo afectivo, la escucha y la valoración del cuerpo como territorio de paz— como los recorridos que promueve el profesor Jonathan para formar ciudadanos críticos y veedores de su propio territorio, se entrelazan de manera profunda con la pedagogía de la memoria que propone Juan David en su investigación.
Se trata de una propuesta educativa, ética y política que busca que el pasado —especialmente aquel marcado por el conflicto y la violencia— se convierta en un saber vivo y crítico dentro de la escuela. Así, más que limitarse a la memorización de fechas o datos históricos, esta perspectiva invita a reflexionar sobre cómo los hechos del pasado afectan nuestro presente y cómo podemos evitar que se repitan.
«Para muchas maestras y maestros que trabajan por la paz, la biblioteca —y la escuela misma— pueden convertirse en lugares donde todas las voces tienen espacio. La pedagogía de la memoria transforma el aula y la biblioteca en espacios seguros para hablar del dolor, escuchar al otro con respeto y empezar a sanar vínculos rotos. En contextos marcados por el conflicto y el silencio, estos espacios permiten tejer relaciones, reconocerse en los otros y recomponer la vida en común», explica Juan David.
Cátedra de la paz en la biblioteca escolar
Como lo plantea Juan David Lopera, profesor de la de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, en su investigación, la pedagogía de la memoria parte de una idea sencilla: mirar el pasado no para quedarse en él, sino para entender mejor el presente e imaginar futuros más justos. En esa misma dirección apunta la Cátedra de la Paz —creada mediante la Ley 1732 de 2014 y reglamentada por el Decreto 1038 de 2015—, pues invita a hablar en la escuela de convivencia, participación, diversidad, memoria, reconciliación y cuidado de la vida.
En ese camino, la biblioteca escolar, en particular, se presenta como un lugar privilegiado para esta articulación. Desde allí se pueden desarrollar talleres de memoria, círculos de la palabra, clubes de lectura y proyectos de investigación; es un espacio donde se aprende con otros, desde el diálogo, la escucha horizontal y el reconocimiento de las experiencias diversas.
Como lo establece la Ley, la Cátedra de la Paz es un espacio de carácter obligatorio en todas las instituciones educativas del país. Según este mandato, su propósito fundamental es crear y consolidar un espacio para el aprendizaje, la reflexión y el diálogo sobre tres ejes principales: la cultura de la paz, la educación para la paz y el desarrollo sostenible.
En términos prácticos, esta política busca que las escuelas no solo transmitan contenidos, sino que fomenten valores, actitudes y comportamientos que rechacen las violencias y promuevan el diálogo, la resolución pacífica de conflictos y la educación ambiental.
Pero entre lo que dice la norma y lo que ocurre en las aulas todavía hay una distancia grande. Juan David Lopera advierte que, «en muchas instituciones, la Cátedra de la Paz termina reducida a un requisito que hay que cumplir y marcar en un informe, en lugar de ser un proyecto que atraviese de verdad la vida escolar».
A eso se suma —como cuenta el profesor Jonathan— «la falta de apoyo sostenido del Estado». Sin recursos ni formación suficiente, muchos maestros terminan haciendo lo que pueden. El reto, dice, es que «la paz deje de ser solo un mandato en un decreto y se vuelva algo que realmente se viva en la escuela y transforme la vida de los estudiantes».
Con iniciativas como las de Jonathan, Patricia y otros maestros, la escuela demuestra que la paz no se enseña solo con discursos. A veces empieza con algo tan sencillo como una caminata, una conversación en la biblioteca o una pregunta que se queda rondando después de clase.
Simón Pérez, por ejemplo, después de recibir el título de bachiller comenzó a estudiar ingeniería química y se ganó un lugar en el Consejo Municipal de Juventud de Santa Rosa de Osos, desde donde promueve la protección del medio ambiente, pues para él la paz empieza por cuidar el lugar donde uno vive.
