El cofundador de Casa Diversa habla sobre los riesgos de defender la vida LGBTIQ+ en Medellín, las deudas de reparación y el proceso que busca el reconocimiento de este colectivo ante la JEP.
Por Carla Serna Ovallos
Fotografías: Casa Diversa
Cada 32 horas fue asesinada una persona LGBTIQ+ en Colombia, según Caribe Afirmativo. La cifra, incluida en el informe de 2025 Un sistema que falla: prejuicio, violencia e impunidad contra las personas LGBTIQ+, resume un país en el que defender los derechos de esta comunidad también puede costar la vida.
A Jhon Restrepo casi le cuesta la suya. En 2020 sufrió un atentado por su visibilidad como hombre gay y por más de veinte años de activismo en Medellín. Es cofundador de Casa Diversa, organización de la Comuna 8 de Medellín.
Esta Mesa fue reconocida por el Estado colombiano como sujeto de reparación colectiva. En la actualidad, busca su vinculación como víctima colectiva ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en el marco del Caso 08, que aborda crímenes cometidos por integrantes de la Fuerza Pública, agentes del Estado en asociación con grupos paramilitares y terceros civiles en el conflicto armado.
A propósito de este panorama, hablamos con Restrepo sobre los riesgos de defender la vida LGBTIQ+, las deudas sociales con esta comunidad y el lugar de la memoria, la verdad y la reparación en una lucha que sigue abierta.
¿Qué experiencias o situaciones lo llevaron a convertirse en activista por los derechos de las personas LGBTIQ+?
Lo colectivo y lo comunitario es lo que nos ha permitido a mí y a muchos sentirnos seguros, protegidos y construir una familia social diferente a la familia biológica o consanguínea. Es el lugar donde puedo ser yo, es el lugar tranquilo. También es el lugar del cuidado, donde cuido y donde me cuidan; donde puedo hablar de manera tranquila, me puedo vestir como me dé la gana, puedo botar la pluma que quiera, puedo hablar de mis deseos de manera espontánea, tranquila, sin miedo.
Creo que entender que las personas LGBT somos muy solas en nuestra juventud fue clave. Hay un nivel de soledad muy grande en la construcción de identidad. Llegar a lo colectivo a mí me permitió entender que ese era el lugar, y si eso a mí me lo permitió, hay que luchar para que otros que están solos también tengan ese lugar.

¿Qué retos han implicado para usted estos más de veinte años de activismo?
Muchos retos. El primero tiene que ver con un asunto que nosotros hemos denunciado: para nosotros no ha existido un pasado mejor. Cada vez que miramos hacia atrás, no hay un lugar ideal al que quisiéramos volver, y aún hoy no es el lugar ideal. Es decir, seguimos en un ejercicio de búsqueda de reconocimiento y de garantía de derechos
Antes, ni siquiera teníamos una sigla. La sigla ha sido una lucha por el reconocimiento, por la construcción de unas identidades. Este ha sido uno de los mayores retos, construir en medio de un contexto muy violento para las personas LGBT.
El segundo reto se conecta con esto. Pensar en los asuntos LGBT implica poner la discusión en el presente, pero pensando en el futuro. Como no hemos tenido ese momento donde nuestras vidas hayan sido dignas de ser vividas, eso significa para nosotros construir un futuro posible, y el presente es donde está nuestro quehacer.
Esto es un gran reto, porque nos toca construirlo casi todo desde cero para poder transformar asuntos estructurales que han condicionado nuestras vidas. Si miramos a ese pasado, que no ha sido nada bueno, y miramos un poco el presente, pues sí hay unos asuntos que hemos logrado transformar en esta sociedad. Por ejemplo, en el pasado no nos podíamos nombrar y ya hoy hay una marcha, vemos banderas… Ahí hay una transformación inicial, pero que sigue siendo insuficiente.
Un tercer reto tiene que ver con la posibilidad de construir y defender la vida en contextos donde hacer eso implica poner en riesgo la propia. Yo creo que ese es uno de los mayores desafíos. El informe de 2025 de derechos humanos de Caribe Afirmativo nos dice, entre muchas cosas, que Antioquia y Medellín están entre los territorios que registran mayores cifras de violencia contra las personas LGBT.
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¿Qué formas de violencia contra la comunidad LGBTIQ+ faltan por ser reconocidas?
En términos de lo que falta, hay un asunto muy importante que tiene que ver con que este ejercicio también ha estado puesto en los, las y les sobrevivientes, es decir, en las voces vivas. Hay una deuda por quienes no están, por quienes han muerto y por quienes han sido desaparecidas y desaparecidos.
Hay una deuda porque hemos avanzado como si esas vidas no importaran y muchas murieron en la lucha por lograr lo que hoy tenemos. Y seguimos teniendo cifras en aumento cada año, y dejamos esas vidas ahí, como si ya hubiera pasado. Entonces hay una deuda por esas voces ausentes, por esas identidades ausentes y con las identidades no vividas.
Finalmente, hay una deuda en clave de reparación: si nosotros hacemos esa reflexión de que no ha sucedido un pasado mejor, hay una deuda de reparación histórica frente a las personas LGBT, especialmente para las personas trans. Que la esperanza de vida sea de 35 años para las personas trans y que celebremos a nuestras mayoras es como “marica, ¿usted cómo hizo para llegar hasta acá?”.
Eso es una deuda que tenemos que saldar con las personas trans. Entonces debería haber políticas que garanticen esa reparación. Y esa reparación tendría que ver, tal vez, con pensar en asuntos de pensión.

Otra deuda muy grande que tenemos es en clave de memoria y verdad. Hablamos de violencias y de los actores armados, pero no hay un reconocimiento ni de la violencia del Estado, y tampoco hay un reconocimiento de la violencia como sociedad.
Esta sociedad, para las personas LGBT, ha sido hostil. Y ha sido además la que ha dado permiso para hacernos daño. La violencia en contra de las personas LGBT no se la inventan los actores armados, es un asunto cultural y estructural de la sociedad.
Lo LGBT se ha puesto como un asunto de afuera, que es responsabilidad de otros. Y no: esto es un asunto de todos. Además, hoy en las escuelas, en los procesos, en las universidades dicen: “vamos a hablar de diversidad, ¿a quién invitamos?”. Siempre, hablar de diversidad es hablar de otra gente. Siempre pensamos que la diferencia y la diversidad están afuera. Todos creemos que estamos bajo lo normativo, lo normal, lo común, lo que está bien.
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¿Qué significa para la comunidad LGBTIQ+ sentirse reparada?
Nosotros hemos pensado y conversado mucho sobre cómo se reparan las maricas en Colombia, entendiendo que no existirá una bitácora que se pueda repetir en todos los territorios porque no somos un sector homogéneo. Esto implica pensarse qué es reparar a las mujeres lesbianas, qué es reparar a los hombres gays, cómo se reparan las personas trans y no binarias. Pero sí creemos que hay como unos parámetros fundamentales.
Uno tiene que ver con reparar las identidades. Reparar las identidades es crear las condiciones que posibiliten el tránsito seguro y digno de las personas, especialmente de las personas trans. Y eso pasa por los asuntos médicos, administrativos, económicos, pero también por los psicosociales. A este país aún le cuesta entender que hay infancias LGBT y que tienen que ser acompañadas. No es un asunto de “cuando sea grande, pues mire a ver qué hace”.
Lo otro tiene que ver con la transformación de las condiciones que hacen y han hecho posible las violencias, es decir, hay que desmantelar el prejuicio. Reparar no es solo atender o intervenir a una víctima. Eso es un asunto primario, urgente. Pero de nada sirve si yo te atiendo y tú tienes que regresar al entorno que te va a seguir violentando. Tiene que haber una transformación estructural desde las políticas públicas, desde la educación, el Estado y la sociedad.
Y, por último, para sentirnos reparados creo que es clave la memoria y el reconocimiento de los repertorios de violencia.
¿Cómo va el proceso de reparación colectiva de Casa Diversa ante la Unidad de Víctimas?
Para ser muy franco, este año logramos avanzar. Ha sido un proceso lento y de muchos años. Dos cosas muy puntuales: el Estado no tiene las herramientas para reparar a las personas LGBT. Su estructura, por ejemplo, la Unidad de Víctimas, a través de sus operadores, no tiene la capacidad de pensarse y de implementar acciones reparadoras de un proceso LGBT.
No entienden que no es comprar una peluca de un remate de cinco mil, como si fuera para disfrazarse. No entienden qué es una peluca en clave de la identidad, del tránsito y de la violencia, y cómo eso puede sanar a una persona que se ha visto al espejo toda la vida, que se ha vestido con ropa de otras, que no tiene cómo comprarse maquillaje.

Y lo otro: nosotros entendimos que el Estado no nos va a reparar. Lo que nosotros hacemos con la reparación es recibir lo que nos dan, dando la pelea, pero eso nos lo dan en clave para que nosotros nos reparemos. Es decir, como si nos dieran el plante.
La reparación se reduce a un asunto meramente técnico, administrativo y financiero. La casa donde se ubica Casa Diversa es el resultado de la reparación y, desde 2019, la Unidad de Víctimas solo ha venido dos veces. Entregan una casa que nunca conocieron, no saben qué hacemos nosotros, si eso sí sirvió o no sirvió, si estamos embalados con los servicios.
Hemos tenido que hacer de todo para sostener esta casa y no les importa, porque ya está legalizado. Y para ellos eso es reparar. Pero no saben realmente qué ha significado esta casa para las maricas de esta comuna.
En cuanto a la vinculación que tienen como colectivo al Caso 08 de la JEP, ¿cómo ha sido el proceso de Casa Diversa dentro de la justicia transicional?
Ha sido muy difícil. Creemos profundamente en la JEP, en el Acuerdo de Paz y sus instituciones. Pero es difícil porque no es diferente.
A nosotras no necesariamente es que nos haya gustado ser las primeras en todo. Ser las primeras ha implicado abrir camino en muchos momentos. En este caso, Caribe Afirmativo tiene la representación legal y es quien nos acompaña en ese proceso, y eso ha sido maravilloso. Tenemos mucha expectativa y esperanza de lograr reconocimiento.
Para nosotros el reconocimiento a Casa termina siendo el reconocimiento de muchas, de todas, de lo que ha pasado con nosotros en relación con la Fuerza Pública. Y si finalmente lográramos que la JEP reconozca a Casa Diversa como víctima, para nosotros sería un logro histórico. Es decir, sería la primera víctima colectiva LGBT que se reconoce en un escenario judicial donde se dice que hemos sido víctimas de la Fuerza Pública.
Eso para nosotros es muy importante y permite muchas transformaciones. Pero al mismo tiempo es un lugar de riesgo. Políticamente eso tiene muchas implicaciones, pero en términos de seguridad también nos genera mucho miedo. Nosotros creemos que hay que hacerlo porque hemos sido perseguidos por algunos actores y ahorita no sabemos qué implica para la Fuerza Pública que haya un reconocimiento de ese tipo.
El ejercicio de la JEP finalmente es muy importante en clave de reconocimiento de nuestras violencias y de los responsables, porque, en nuestro caso, los responsables tampoco importan.
