En el 2013, Marisol Coronado llegó a vivir a La Alcancía, en el Líbano, Tolima. Se encontró con una comunidad rural dedicada al cultivo de café, donde las mujeres vivían las desigualdades y las violencias producto de la mentalidad machista de sus habitantes. Allí organizó el colectivo Mujeres Campesinas y el Arte de Hacer Paz, su lugar de cuidado mutuo, conversación y compañía.
Por Carlos Antonio Mayorga Alejo
Foto de portada: MCAHP
El esmalte rosado resalta en las manos trigueñas de Marisol Coronado cuando las mueve con ritmo entre los granos de café de su cosecha. La fricción produce un sonido similar al de la lluvia. Sobre las camas de secado, ella separa los frutos más blancos y uniformes de los oscuros y brocados. A estos últimos se les conoce como pasilla y son una parte de la producción que, por supuesto, pierde valor por sus defectos.
En las fincas cafeteras, las mujeres suelen estar encargadas de atender a los hombres que trabajan en la recolección y el procesamiento del café. Algunas veces, participan en el proceso de cosecha, secado y selección del grano. Pero generalmente no obtienen ninguna remuneración por su trabajo. En La Alcancía, vereda del Líbano, Tolima, Marisol Coronado recibe la pasilla como forma de pago, y con su venta logra hacerse a unos cuantos pesos.
Ella sabe que en la cosecha las mujeres han sido víctimas de la desigualdad y el machismo. “Uno ha trabajado a la par con ellos. Uno tendría derecho a decidir en qué se va a gastar la plata del café que de verdad vale y que le digan: ‘Tome, esta parte es para usted, vea a ver en qué la invierte, ¡se la ganó!’”, dice ella, mientras trabaja en un invernadero de cinco metros de largo por dos de ancho, ubicado al pie de su casa, en la vereda La Alcancía.
Saber más: Los amigos de la rana arlequín
La vereda La Alcancía, donde vive Marisol, está ubicada en las montañas del norte del Tolima, a 35 kilómetros en línea recta del volcán Nevado del Ruiz. Son las primeras horas del día, es una mañana fresca, pero entre los plásticos transparentes del invernáculo, donde se seca el café, hace una temperatura tan alta que recuerda el calor húmedo de las selvas del Pacífico colombiano.
“Las mujeres del campo… yo no sé si somos muy nobles o muy bobas”, se ríe Marisol. Lo dice por su propia experiencia, pues ella gasta el dinero que recibe en cosas para los hijos o el hogar y no en satisfacer sus propias necesidades, como comprarse un vestido o darse un gustico. “¡Una nunca piensa en una!”, remata su comadre de ojos despiertos y cara redonda, Yaneth Lozano, del otro lado del predio. Marisol y Yaneth hacen parte de un colectivo de mujeres campesinas del Líbano, que desde el arte y con su identidad campesina quieren aportar a la paz del municipio. Ellas resisten al machismo en ese rincón escarpado de Colombia.
El arte como motivo
Marisol tiene 48 años, y es técnica en administración y guianza turística. Nació en Santa María, Huila, y la criaron en Neiva. Según ella, a las mujeres de su familia la gente las recuerda por la generosidad y el ímpetu.
Su proyecto de vida siempre lo han movilizado la búsqueda de un cambio desde el trabajo con comunidades y la confianza en que puede aportar para que la situación de la gente mejore. “Los temas feministas se han desarrollado más en la academia, los profesionales, pero la gente de abajo, que es la que debería saber, no tiene acceso a esa información. Yo pienso que eso tiene que llegar a los territorios. Cuando preguntan cómo hacer para llegar, yo les digo: a través del arte, la música, la pintura, las artesanías; desde ahí se dialoga y se cambia el chip”, expresa Marisol.
Esta lideresa no tenía ningún lazo que la uniera con la vereda La Alcancía. Su llegada fue el resultado de decisiones espontáneas. En el 2013, cuando su marido se quedó sin trabajo, la familia vivía en el casco urbano del Líbano. “Teníamos a Tomás, mi hijo menor, de un añito de nacido. A mí me parece que los niños crecen mejor en el campo y, como no teníamos nada que perder, le dije a mi esposo: ‘vendamos la casa y compremos una finca’”, recuerda Marisol.
Así lo hicieron y apareció Villa Andrea, el lote de cinco hectáreas ubicado sobre la colina en donde viven hoy. Esa nueva vida lejos del pueblo les demandó aprender a ser campesinos, hasta que se volvieron como las otras familias de la región. “No estamos tapados en plata, pero vivimos muy rico. La finca produce, lo que pasa es que el comercio es muy malo… No hay equilibrio entre lo que se gasta y lo que se gana”, cuenta Marisol.
La casa de Marisol queda a unos cuantos metros de la cancha de fútbol de la vereda, por eso en esos primeros meses conoció a varios niños y jóvenes que pasaban por la casa para ir a jugar fútbol; ellos la veían haciendo barro para las paredes de bahareque de su casa y pintando lienzos.
Así, a mediados del 2016, algunos niños empezaron a pedirle que les regalara materiales para pintar como ella. “Es que yo no puedo llegar a un lugar y ser indiferente ante las cosas que suceden. Yo tengo que actuar”, explica la lideresa.
Por eso, empezó a hacer arte y manualidades con 32 niños. “Con nuestros propios recursos comprábamos hojas, papel y pinturitas. Empezaron a venir a la casa, después buscamos un lugar afuera de la escuela y nos encontrábamos en las tardes, dos días a la semana”, recuerda Marisol.
Detrás de los niños fueron llegando las mamás. Con el pasar de los años, en el 2019, varias mujeres se empezaron a antojar de las actividades que realizaban los niños. Iniciar un proceso con ellas requirió un esfuerzo mayor, porque no aprendían tan rápido como los menores. “Nosotras empezamos con la pintura, con unos cuadros que pintamos”, cuenta Martha Isabel Aguilar, una mujer mayor que quería ser artesana y que descubrió en los talleres unas ideas feministas que nunca había escuchado en La Alcancía.
Las mujeres se citaban una vez a la semana para hacer los talleres. “Era un espacio de conversa donde teníamos la posibilidad de sacar cosas que las mujeres normalmente reprimimos en la casa y que no contamos. Entre chiste, recocha y lágrimas salían todas esas cosas. Después de eso se sentía un alivio, de pronto no se nos solucionaba el problema, pero al menos una pudo contárselo a alguien”, recuerda Marisol. Y prosigue: “A los artistas lo que más nos impulsa a pintar son las pasiones extremas: el dolor, la rabia, la tristeza y el amor. Antes de empezar a pintar, hicimos una sesión de cuál considerábamos, a modo personal, que era la situación que más había marcado a cada una”.
De este ejercicio salieron experiencias bastante dolorosas, muchas de las pinturas que resultaron de esas sesiones representan angustia y tristeza, pero también sanación, reconocimiento de las propias vivencias. Así fue como nació Mujeres Campesinas y el Arte de Hacer Paz.
Adriana Peñuela se mudó de Bogotá al Líbano en la pandemia. Hace siete años su esposo compró una finca en la vereda La Alcancía. Algunas veces visitaban el lote y siempre lo encontraban caído porque, como dicen todas las mujeres del proceso, el campo hay que estarlo trabajando para mantenerlo bonito. Varias veces su pareja le decía que se fueran a vivir a su ranchito, pero el retorno definitivo ocurrió en agosto del 2020. “Por acá la gente es maravillosa. Le dan a uno más de lo que, a veces, no tienen. Me han acogido muy bien. ¡Acá estoy y acá me quedo!”, sostiene.
Cuando Adriana piensa en el proceso social no deja de agradecer lo que ha podido aprender, pues tal vez en la capital no habría conocido varios de sus derechos. No habría conocido a un grupo de mujeres que se reuniera para hacer arte y hablar sobre cómo romper con la cultura patriarcal.
Leer más: Narrativas para colorear la Ciudad Blanca
Uno de los grandes obstáculos que afronta el colectivo son, por supuesto, los maridos y familiares hombres, quienes desde su posición de poder patriarcal impiden a las mismas mujeres de la comunidad hacer parte de estos espacios. Según cuentan, hay algunos que creen que a los encuentros las mujeres van a chismear y que lo mejor es que ellas se queden en la casa cocinando y cuidando a los niños. “He escuchado comentarios de hombres que dicen que acá venimos a aprender mañas o a conseguir mozo”, dice Adriana. La explicación que les dan a esos comentarios se encuentra en el machismo y la inseguridad que experimentan los hombres frente a la posibilidad de perder el control sobre las mujeres de la comunidad si ellas aprenden y ganan autonomía.
“Acá, en Mujeres Campesinas y el Arte de Hacer Paz, uno se ha empoderado de saber que como mujeres necesitamos nuestro tiempo, nuestro espacio… ¡Que nosotras también trabajamos!, y que acá hay muchas mujeres que, mejor dicho, son unas hembronononas: que se van a coger café, que tienen que tener el almuerzo listo, que tienen que ver las tareas de los hijos, que hacen de todo”, agrega Yaneth Lozano.
Marisol repasa en su computador las fotos que atesora de las personas que durante años han hecho parte del proceso: salen con sonrisas Adriana, Martha, Yaneth y muchas más, también las artesanías que han creado en estos años. La llenan de alegría los momentos. “Este proceso, sobre todo, ha despertado la solidaridad”, concluye la fundadora de Mujeres Campesinas y el Arte de Hacer Paz.
La versión extendida de esta historia puede leerse en el libro Defender los pueblos, publicado por Hacemos Memoria y el Programa Somos Defensores. Descargue el e-book, aquí.
