Una nueva Habana en Dabeiba

Panorámica del antiguo ETCR Llano Grande – La Nueva Habana, situado en Dabeiba.

En el antiguo ETCR Llano Grande, los firmantes de paz se enfrentan a la falta de viviendas, los limitados accesos a educación, salud y trabajo, la pérdida de su unidad y a dificultades en proyectos productivos y liderazgo comunitario. 

Por Fabián Uribe Betancur 
Foto de portada: Fabián Uribe Betancur

Los firmantes de paz del antiguo Espacio Transitorio de Capacitación y Reincorporación, ETCR, Llano Grande – La Nueva Habana, en Dabeiba, Antioquia, tienen dificultades para reconstruir su vida civil. La espera de viviendas, el acceso limitado a derechos sociales y la pérdida de sentido de pertenencia por su labor en la construcción de paz han debilitado el tejido social. Los proyectos productivos sufren por la falta de cadenas de distribución, mientras la transición de una estructura militar a ejercer liderazgos comunitarios exige capacitarse, fortalecer la participación y construir confianza entre ellos y con sus vecinos. 

Los primeros rayos del sol acarician con timidez las montañas del corregimiento Llano Grande, en Dabeiba, cubiertas de cultivos de plátano, aguacate, caña de azúcar y café. Sobre un brazo de montaña que parece flotar, se alza un conjunto de casas de techos grises y blancos, que a lo lejos se confunden con las nubes que descienden. Es el antiguo ETCR de Llano Grande – La Nueva Habana, hogar de cerca de cien excombatientes que firmaron el Acuerdo de Paz entre el Gobierno nacional y las FARC-EP en 2016, quienes llegaron desde distintas regiones de Colombia a convivir con campesinos e indígenas con un pasado en estas tierras, historias de lucha y desarraigo, pero también con la determinación de resistir y abrirse camino hacia un futuro guiados por la paz y la reconciliación. 

A un costado de la calle principal de La Nueva Habana, la misma que divide en dos el ETCR, aún se distinguen los restos de uno de los primeros actos simbólicos realizados por los firmantes de paz. En una de las faldas de la montaña se levantó con piedras blancas la frase “La esperanza y el amor por la paz nacen del legado de Manuel, FARC-EP”, acompañada por una imagen de Manuel Marulanda Vélez, uno de los fundadores de la ya extinta organización guerrillera.  

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Hoy, nueve años después, tanto la frase como la imagen están ocultas: las piedras han perdido su color impuesto, la maleza y la caña brava han crecido a su alrededor, la cual ha devorado lentamente aquello que alguna vez se quiso conservar como memoria. 

Al frente del letrero se ubican varias casas, una de ellas es la del firmante de paz Efraín Zapata, quien tiene sembradas, en un pequeño antejardín, algunas plantas de tomate y cebolla, así como suculentas y otras ornamentales. Él es un hombre de 76 años, habla con voz pausada pero firme. Oriundo de Fredonia, Antioquia, desde joven se inclinó por la política y por las luchas de los menos favorecidos, y vio en la revolución armada una forma de generar cambios en el país, a la cual dedicó 44 años de su vida en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP). 

Antiguo cartel en memoria de Manuel Marulanda Vélez.
Antiguo letrero en homenaje a Manuel Marulanda Vélez. Foto: Fabián Uribe Betancur.

Efraín recuerda su llegada a este lugar, en 2016, y cuenta que él y los demás excombatientes dormían en “caletas”: pequeños dormitorios improvisados que se alineaban junto al letrero en honor a Marulanda. Eran estructuras construidas con maderas, telas de costal y plástico, siendo apenas suficientemente amplias para acomodar una hamaca o un colchón. Entretejidos con la vegetación, ofrecían refugio contra la lluvia y los insectos. Eran espacios discretos y temporales, donde la protección y el descanso convivían con la incertidumbre de un futuro lejos de las armas, y ofrecían a quienes los ocupaban un respiro mientras intentaban abrirse paso hacia la vida civil. 

En los meses siguientes a la llegada al ETCR se levantaron las primeras casas en material superboard, una lámina de cemento delgada y liviana, pensada como solución provisional; apenas serviría para unos seis meses. Sin embargo, Efraín cuenta que pasaron varios años viviendo en aquellas casas construidas con materiales frágiles. Con el tiempo, las láminas comenzaron a desprenderse y a causar accidentes, mientras ellos esperaban, una y otra vez, a que el Estado finalmente cumpliera su promesa de construir las viviendas. “Estas casas iban a ser una solución temporal, pero ya han pasado, a estas alturas, casi nueve años. Ahora, por fin, hay una esperanza: ya comenzaron a construir las viviendas definitivas. Yo soy unos de los beneficiados de la primera etapa”, detalla. 

Casa de los firmantes de paz en el ETCR Llano Grande, construida con material superboard.
Vivienda del ETCR Llano Grande construida con material superboard. Foto: Fabián Uribe Betancur.

Al final de la calle se ven las siluetas de los trabajadores, afanados en ultimar los detalles de las primeras 50 viviendas del proyecto, que contempla un total de 101 casas. Estas primeras viviendas fueron entregadas el 3 de diciembre de 2025 a las familias beneficiarias de la etapa inicial, mediante un sorteo que marcó el inicio de una nueva vida para muchos. En los próximos días, las casas comenzarán a llenarse de voces, muebles y rutinas, dando forma al vecindario que está por nacer. “Las casas ya están habitables. Ellos están organizando las cunetas para los desagües y nivelando la calle, porque hay mucha tierra acumulada a su alrededor. Esperamos que al final de este año ya estemos en las nuevas casas”, comenta Efraín.  

Primera fase de construcción de viviendas para los firmantes de paz en el ETCR Llano Grande. Foto: Fabián Uribe Betancur.

Volquetas y retroexcavadoras remueven la tierra sin descanso; las nubes de polvo se mezclan allí con el constante estruendo de la obra en marcha. Cada casa está hecha de bloques de concreto, puertas metálicas y techos de plástico; cuenta con 61 metros cuadrados distribuidos en dos habitaciones, una cocina, un baño y una sala. “Estoy contento porque, al final de tanto tiempo y de tanta espera, ya voy a tener mi casa. Pero aún falta que nos cumplan con los demás puntos del Acuerdo de Paz, como el acceso a la tierra, acompañamiento en los proyectos productivos y una reincorporación integral”, reclama el firmante de paz. 

Efraín explica que la reincorporación a la vida civil no ha sido fácil: tareas cotidianas como pagar un recibo, conseguir alimento o ropa, es decir obtener el sustento económico para la vida diaria representa un desafío para personas como él.  

En medio de la guerra aprendió a coser; era el encargado de confeccionar uniformes y otras prendas para sus compañeros, mientras realizaba inteligencia militar. Hoy su vida gira en torno a los sonidos de las máquinas de coser. De ahí obtiene su sustento: gracias a su proyecto productivo Confecciones La Cordillera y a la renta del Gobierno ha logrado sostenerse en los últimos años. 

Firmantes de paz trabajando en su taller de costura en el ETCR Llano Grande.
Efraín, en su taller de costura, elabora sudaderas, camisetas y bolsos junto a su pareja. Foto: Fabián Uribe Betancur.

El sol se hace cada vez más presente en el caserío, aunque las nubes oscuras advierten que pronto lloverá. De fondo se oyen el canto de los pájaros y el sonido de las máquinas que excavan la tierra. Es un lugar tranquilo, y se pueden contar con los dedos de las manos las pocas personas que caminan por las calles. Más abajo de la casa de Efraín, hay una pequeña reja que protege un jardín sencillo. Allí vive Luz Mary Cartagena; su casa está pintada en tonos verdes oscuros y claros, con el escudo de Atlético Nacional en la fachada, lo que refleja el cariño y pasión por este equipo de fútbol. 

Luz Mary es oriunda de Apartadó, en la región vecina del Urabá antioqueño. Se unió a las FARC-EP en 1987, luego de haber tenido que interrumpir sus estudios y vivir las dificultades propias de una familia campesina: “Ingresé a la edad de 15 años porque no pude seguir estudiando; había cursado hasta segundo de bachillerato. Soy hija de dos campesinos pobres, con seis hermanos. Fui la cuarta de los seis y me fui para la guerrilla, porque no vi otra forma”, recuerda la firmante de paz. 

Para ella, el tiempo ha dejado su huella en la vida de los firmantes desde que llegaron a este lugar. Poco a poco, las paredes se llenaron de murales y las casas se tiñeron de colores, lo que transformó no solo el paisaje, sino también la manera en que la comunidad se apropió de sus espacios públicos. La cancha, que antes era un terreno vacío, hoy es un punto de encuentro y convivencia, tanto para los firmantes como para los habitantes del corregimiento. 

La organización del vecindario es diferente. Ya no existe la estructura rígida de la antigua organización armada: “Los propios comandantes que antes eran reconocidos en las FARC ya no ejercen mando; ahora no hay comandantes, sino líderes, y hoy existe un liderazgo comunitario”. Luz Mary agrega que la mayoría de quienes hoy asumen estas responsabilidades en el ETCR y en otros territorios fueron excombatientes de base de la antigua organización, personas que han encontrado en la participación comunitaria una nueva manera de aportar y guiar a su gente. 

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Mientras ella acomoda un par de platos en el mesón de la cocina, su mirada se detiene por un instante, como si también quisiera ordenar los pensamientos. Con voz fuerte, cuenta que uno de los mayores retos, tanto para ella como para la comunidad, ha sido formar nuevos liderazgos y mantenerlos en el tiempo. “No se trata solo de que surjan personas dispuestas a asumir responsabilidades; también es necesario sembrar confianza, fomentar la participación y fortalecer la capacidad de decisión colectiva”, afirma, y detalla que este proceso exige paciencia, acompañamiento y un compromiso constante, porque solo así la comunidad puede avanzar unida y reconstruir poco a poco su propio camino. 

El día se apaga y el sol se oculta detrás de las montañas. El anuncio de aguacero tiene un plazo perentorio en Dabeiba.  

Luz Mary comenta que la vida civil y la falta de oportunidades han obligado a muchos a abandonar el ETCR, a buscar un hogar con sus familias en otros territorios. Esa partida ha resquebrajado el tejido comunitario que antes los mantenía unidos, dejando un vacío que todavía se siente en las calles y en la memoria de quienes permanecen. “Se ha perdido gran parte del sentido de pertenencia, de unidad, de camaradería y de compañerismo”, cuenta sobre algunos de los valores éticos que provienen de la organización armada y que muchos como ella hubieran querido conservar. 

Según la firmante, la reincorporación debe ser integral, teniendo en cuenta a sus familiares y a sus hijos, así como el acompañamiento a sus emprendimientos individuales, y que debe garantizar el acceso a educación, trabajo y salud. Además, advierte sobre las limitaciones de conectividad del territorio, pues el corregimiento no cuenta con transporte público y el acceso se realiza únicamente en vehículo particular por una vía destapada, lo que representa un trayecto aproximado de una hora y media. 

Firmantes de paz frente a su casa en el ETCR Llano Grande.
Luz Mary desea abrir una barbería y busca apoyo económico para adquirir los materiales necesarios para su proyecto personal. Foto: Fabián Uribe Betancur

Un par de casas más abajo de la de Luz Mary se encuentra el restaurante que forma parte del comité de género establecido en el ETCR; un espacio amplio decorado con murales, con sillas, mesas y una hamaca. Allí, Víctor Manuel Mosquera ofrece desayunos, almuerzos y mecatos a los habitantes del vecindario y a los visitantes que llegan al lugar. Es otro de los puntos de encuentro de la comunidad. 

Víctor Manuel prepara un par de chorizos que acaba de sacar de la nevera: los lava, los chuza cuidadosamente y enciende el fogón para cocinarlos. Él hizo parte de las FARC durante 27 años y es oriundo de Alto Baudó, en Chocó. Mientras cocina habla de los esfuerzos para fortalecer los lazos con las comunidades campesinas del corregimiento, donde han llevado a cabo encuentros comunitarios, torneos y reuniones; según él, uno de los logros de este consenso fue cambiarle nombre a Llano Grande, agregarle La Nueva Habana, en honor a Cuba, país que acogió las conversaciones de paz. 

También reconoce que no ha sido un camino fácil, pero enfatiza que cada paso forma parte del proceso de reconciliación: “Porque nada se hace sin que las dos comunidades se pongan de acuerdo. En ese sistema estamos trabajando; hasta el momento lo hacemos de manera ordenada”, afirma. 

Firmante de paz preparando alimentos en el restaurante del ETCR Llano Grande.
Víctor combina el trabajo en el restaurante con las labores del campo, cultivando café en un terreno cercano al corregimiento, ya que dentro del ETCR no se puede sembrar porque el espacio está destinado únicamente a las viviendas. Foto: Fabián Uribe Betancur.

A un costado del fogón, unas costillas se ablandan en la olla a presión. Entre tanto, Víctor comenta cómo en el ETCR se han creado normas internas de convivencia: las sustancias psicoactivas están prohibidas, nadie puede excederse en el consumo de licor y hay obligación de no arrojar basuras en las calles. Cada detalle refleja un esfuerzo por construir un espacio ordenado y respetuoso, donde la vida comunitaria se organiza con disciplina y cuidado. 

En la cancha de fútbol, la neblina se convierte en un manto gris. Tres niños corren tras el balón, sus risas y gritos acallan por momentos el canto de los pájaros. Cala el frío en los huesos.  

Dolly del Socorro Cartagena, líder de la comunidad y firmante de paz, observa la escena y comenta que la reincorporación ha sido un camino difícil. Señala que los proyectos productivos necesitan más apoyo, y que gran parte de estos no han prosperado por la falta de una cadena de distribución y comercialización que les permita llevar sus productos más allá del territorio. 

Firmante de paz posando en una cancha en el ETCR Llano Grande.
Dolly, desde joven, siempre ha creído en las transformaciones sociales y hoy es una de las líderes de la comunidad. Foto: Fabián Uribe Betancur.

Recuerda que, en la guerrilla, no había preocupaciones económicas: todo estaba organizado y no había que pensar en el mañana. Ahora, a sus 55 años, debe ingeniárselas para salir adelante. Explica que la renta para los firmantes acabará en seis años y que, a partir de ese momento, cada uno tendrá que defenderse por sus propios medios. Por eso, hace un llamado al gobierno para que se garantice una reintegración integral, con acompañamiento real y constante. Con firmeza, enfatiza que nunca volvería a tocar las armas, consciente de que su vida y la de su comunidad deben construirse ahora de otra manera. 

La niebla se desliza con sigilo por las calles, que poco a poco comienzan a llenarse con la presencia de algunos de los firmantes de paz que habitan el lugar. En medio de este paisaje, el futuro de la comunidad se va tejiendo entre esperanzas y desafíos. Entre ellos se encuentra la continuidad del proceso de reincorporación a la sociedad y el cumplimiento de los compromisos asumidos por el Estado. A estas dificultades se suma la incertidumbre sobre la continuación de las fases de construcción de sus viviendas, un proceso que aún no resulta del todo claro, y la preocupación sobre si el próximo gobierno mantendrá o no los compromisos adquiridos con esta comunidad.