Por Esteban Tavera

En el año 2003, según datos recogidos por Rutas del Conflicto, en el país se presentaron alrededor de 55 hechos violentos. Los periodistas eran testigos de masacres, secuestros, desapariciones y desplazamientos. ¿Cómo cubrir una guerra que todos los días arroja cifras nuevas?, era una de las preocupaciones que acompañaba la labor de los reporteros. En ese contexto, se publicó el Informe Nacional de Desarrollo Humano para Colombia, titulado «El conflicto, callejón con salida».

Uno de los capítulos de esta publicación analiza las responsabilidades de los medios de comunicación en la formulación y propagación de imaginarios alrededor de la guerra. En ese momento, era necesario emprender un trabajo que permitiera desmontar algunas creencias instaladas en la opinión de los colombianos, que en lugar de promover salidas al conflicto, lo intensificaban.

“Nuestra percepción sobre el conflicto armado es fruto, más que todo, de los medios. La gente incluso tiende a achacarle a ellos la culpa del conflicto, mientras los periodistas creen haberse limitado a describir la realidad como es la realidad”, señala el informe.

Y, en efecto, los periodistas no se inventaban a las víctimas que dejaba el conflicto armado. Contar los sucesos del día a día de un país que estaba inmerso en múltiples dinámicas de violencia, traía sus riesgos y consecuencias.

Para Omar Rincón, director del Centro de Estudios en Periodismo de la Universidad de Los Andes, ensayista y crítico de televisión, narrar el conflicto “significaba usar un lenguaje determinado, unas formas de nombrar; significaba acudir solo a ciertas fuentes. En ese contexto, las fuentes imponían, desde sus orillas, una forma determinada de narrarlo. Cosas como la contrastación no se podían hacer en el terreno. Uno no podía preguntarle a los paracos qué pasó; luego a la guerrilla, qué piensa; luego a los políticos corruptos, qué opinan. Eso era imposible”.

Hoy el escenario es distinto. La negociación entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc, el proceso recorrido tras la desmovilización de algunos grupos paramilitares, el crecimiento en número e importancia de los movimientos de víctimas, y la convergencia de una gran cantidad de organizaciones de la sociedad civil que trabajan para aportar a la terminación del conflicto han hecho propicio un contexto en el que los ciudadanos tienen más preguntas sobre la paz que sobre la guerra. Un reto que deben asumir los periodistas.

¿Cómo se construyen los imaginarios?
“El problema de los imaginarios –explica Jaime López, profesor, experto en comunicación y asesor de medios ciudadanos– es que son producto de construcciones culturales que se generan a través de costumbres, tradiciones y también a través de los medios de comunicación, esto hace que hoy existan pensamientos diferentes sobre la paz y la guerra”. Por esta razón, cuando se mira hacia atrás, no es justo ver al periodismo como único responsable de la polarización en Colombia.

Sin embargo, poner el retrovisor sí ayuda a ver con mayor claridad las relaciones que hay entre los procesos históricos y la formación de ideas alrededor del conflicto y la paz. La década de 1990, por ejemplo, tan marcada por la aparición de procesos de transición –firmas de acuerdos de paz, proceso constituyente, apertura económica, reformas estructurales– es analizada en el informe «Conflicto armado, callejón con salida», pues representa para los medios de comunicación una etapa que es llamada “la guerra por las audiencias”.

“Las nuevas tecnologías –dice Naciones Unidas en este informe– permitieron masificar información pero con inversiones cuantiosas, renovación permanente de equipos, conocimiento de audiencias, técnicas de mercadeo y alianzas estratégicas. A estos cambios se sumaron la recesión económica y la privatización de la televisión. Los electores fueron reemplazados por consumidores, la oratoria por cápsulas noticiosas, las ideas por emociones, las directrices del partido por concursos y suscripciones, y la filiación partidista por hábitos de consumo”.

En este contexto, los medios decidieron presentar los hechos en el menor tiempo posible, con un lenguaje sencillo y sin distracciones. La noticia, la cápsula informativa y la nota breve fueron los formatos que narraron el conflicto armado. Esta situación, según el Informe Nacional de Desarrollo Humano, fue determinante porque “la noticia descontextualiza la violencia, la presenta como un hecho irracional, reduce a dos el número de bandos, pinta el conflicto en términos maniqueos, hace que la violencia parezca inevitable, omite las alternativas para resolver el conflicto, no analiza el impacto de la cobertura misma de los medios, y confunde la paz con el fin de las hostilidades”.

Con el paso del tiempo, los medios tradicionales se habituaron a narrar la guerra y a emplear el lenguaje de la confrontación, argumentando que esas eran las historias que buscaban sus audiencias; sin embargo, en el libro «Pistas para narrar la paz: periodismo en el posconflicto», la periodista Olga Behar dice que “la disculpa de los estudios de sintonía -que parecerían favorecer a los informativos que presentan una mirada belicosa- en realidad enmascara una agenda contraria al fin de la guerra interna, a la reconciliación y a la acogida dentro de la sociedad de los actores del conflicto”.

Los retos: ¿por qué hablar de paz si no se sabe qué es la paz?
El proceso de negociación entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc le impone al periodismo el reto de significar la paz. Y no se trata de hacer un periodismo diferente, así lo cree Patricia Nieto, periodista y profesora de la Universidad de Antioquia: “El deber del periodismo es contar lo que pasa en una sociedad. La búsqueda de la paz genera una situación muy tensa entre los actores sociales y el periodismo debe dar cuenta de ese conflicto. La transición a la paz no es fácil. Hay épocas en las que las acciones de paz se sobreponen a las acciones de guerra. El periodismo debe contar todas esas capas de la realidad y no excluir a ninguna de ellas”.

De lo que sí no debe olvidarse el periodismo, según la percepción de Jaime López, es de ayudarle a la sociedad a entender de qué habla cuando se refiere a la paz. “Por un lado, la comunicación es un acto de producción de sentidos, de significados, de significaciones. Y por el otro, la paz está siendo pensada en cada territorio de una manera distinta. Es necesario que la paz se vuelva objetiva, hay que darle límites y hay que ponerle sentido. Si juntamos eso con la idea de que la comunicación es generación de sentido, queda la sensación de que los comunicadores y los periodistas tenemos una tarea muy importante en el contexto de la paz: tenemos que ayudar a la convergencia y a la generación de nuevas significaciones de lo que es la paz”.

En el mismo sentido lo piensa Alberto Morales, sociólogo y experto en opinión pública: “la tarea que nos queda es empezar a vaciar la paz de sentimientos y llenarla de contenidos que expliquen las circunstancias reales que nos llevaron al conflicto”.

Finalmente, los periodistas no pueden asegurar que la firma de un acuerdo le traerá la paz absoluta a Colombia, pero si pueden llamar la atención sobre las implicaciones y los retos que impone el fin de la guerra entre el gobierno y la guerrilla de las Farc. Es importante que en un escenario de transición haya un periodismo que converse con cada territorio, y que insista en la necesidad de hacer memoria para entender el porqué de lo que pasó. Los medios de comunicación le deben apostar a un lenguaje desprovisto de los sesgos de la enemistad.