La escalera que nunca dejó de ir a Santa Ana

La escalera que nunca dejó de ir a Santa Ana

El corregimiento de Santa Ana era conocido por muchos habitantes de Granada como el “Caguán chiquito”. La confrontación entre los grupos armados ocasionó uno de los desplazamientos forzados más grandes del oriente antioqueño. A pesar del temor y el abandono, la Escalera Verde de Pedro López siguió transportando a los campesinos que permanecieron en el territorio. Hoy, los granadinos ven en la chiva de Santa Ana un símbolo de resistencia.

Por Esteban Tavera

Recorrer el camino que de Granada lleva al corregimiento de Santa Ana es como irse metiendo a un nudo de montañas llenas de balcones que miran hacia los filos de la cordillera central. La única forma de llegar es en una de las chivas que transportan a los campesinos y llevan las cosechas de plátano, caña, yuca, tomate, cebolla y otras hortalizas que luego son vendidas en los mercados de Granada y Rionegro.

En el inicio del recorrido, la escalera sigue el cauce de la quebrada Tafetanes. El sonido del agua se queda atrás cuando comienza el ascenso hacia el filo de las montañas. Desde lo más alto se puede ver la Autopista Medellín Bogotá y los ríos Cocorná y Calderas.

Santa Ana es como un mirador desde donde pueden verse los caminos que conducen a casi todas las subregiones del oriente antioqueño; por eso, cuando se hace el último descenso hacia el centro del corregimiento, no resulta difícil imaginarse lo cómodos que se sentían los grupos armados que se instalaron en este lugar a comienzos de 1990.

Horizonte
Nosotros, los de la Escalera Verde
Una escalera tiene tres rasgos característicos que la diferencian de cualquier otro medio de transporte. El primero es su tripulación: “En un carro de estos trabajan tres personas. En el tiempo duro de la violencia éramos don Carlos, el que la manejaba; don Pedro López, el propietario, era el que cobraba; y yo, Uriel López, el que alzaba los bultos”.

La otra particularidad es su estructura multicolor. Por eso resulta curioso que a pesar de que la chiva de Pedro López, como casi todas, está abarrotada de figuras coloridas y de imágenes de santos y paisajes, es reconocida como la ‘Escalera Verde de Peluca’. Lo que le da el nombre es la tapa frontal, que nunca cambió de color, y el apodo del dueño, remoquete que ahora llevan el hijo y el nieto de don Pedro.

Y la tercera característica es que siempre hay espacio para todo el que necesite viajar, sin importar que la escalera esté llena de alimentos y mercancías. Los campesinos pueden subir hasta el techo del vehículo y lidiar con el vaivén del armazón durante todo el recorrido.

Espejo
Dice Uriel que desde hace mucho tiempo la escalera es reconocida en el pueblo como propiedad de los habitantes de Santa Ana, más que de don Pedro. “Hay un señor que se desplazó en la época de la violencia, que cuando nos ve pasar nos hace parar para darle besos a la chiva. Nos mira y dice: ‘este carro no es de ustedes, este carro es de Santa Ana’. A nosotros nos quieren mucho allá porque nunca los abandonamos”.

Uriel nació en El Roblal, una vereda cerca de Santa Ana. Allá sembraba café. Un día tuvo que dejar el cultivo por cosas de la guerra y fue entonces cuando conoció a Pedro López, el dueño de la chiva, y comenzó su trabajo como bulteador.

Cuando Uriel alzaba los bultos, el conductor era Carlos, a quien recuerda como un hombre valiente que lo apoyaba cada vez que sentía miedo: “Don Carlos era muy bella persona y muy berraco. Eran tan frentero que en tiempos de guerra se venía solo por esta carretera y recogía los muertos en la volqueta del municipio. Él ya no vive. Después de un accidente, quedó en coma mucho tiempo y al final, como dicen por ahí, lo desconectaron”.

Pedro López, Peluca, cobraba los pasajes y se encargaba de memorizar en qué lugar debía dejar los bultos. También daba la cara cuando los actores armados querían usar su escalera como medio de patrullaje, mensajería o transporte por las veredas que rodean la carretera que de Granada conduce a San Carlos. “Hay gente que dice que mi papá es mala clase –asegura Edwin, su hijo–, pero hay otros que lo quieren mucho por todo lo que hizo. Lo que pasa es que es un hombre muy callado, que solo dice lo necesario, y cuando dice no, es no. Yo creo que, en parte, eso fue lo que le ayudó a mantenerse vivo”.

Ser chivero en tiempos de guerra
Según el Observatorio de Paz y Reconciliación del Oriente Antioqueño, el corregimiento empezó a ser controlado por los grupos armados en 1995. Ese año se instaló el Frente Carlos Alirio Buitrago del Eln y llegaron del Urabá los combatientes que conformaron el Noveno Frente de las Farc. La presencia de estos grupos llegó a ser tan importante que muchos granadinos recuerdan esta frase: “Santa Ana era un segundo Caguán”, en el que la guerrilla ejercía la autoridad. Fue así hasta que el accionar del Bloque Metro de las Autodefensas y las estrategias militares y propagandísticas del Ejército Nacional diezmaron a los guerrilleros.

Si se mira el mapa de Granada en relación a la ubicación de cada grupo en los años más duros de la confrontación, se puede decir que la Escalera Verde de Peluca ascendía y descendía por tres tipos de suelos: Santa Ana, en la parte de abajo, era el bastión guerrillero; Granada, ubicada en el medio, era el punto estratégico del Ejército; y la carretera que conduce a la Autopista, en el punto más alto, era controlada por los paramilitares.

“El solo hecho de que la escalera de nosotros subiera de Santa Ana era sospechoso para los paracos y el Ejército -asegura don Pedro-. Decían que éramos guerrilleros por venir de allá. Todo el camino estaba lleno de retenes de los unos y de los otros. Yo me defendí de toda esa gente porque siempre andaba con la verdad. Una vez que subía de Santa Ana me encontré a unos paracos en el Alto de la Cruz y me detuvieron. Nos dijeron que nos iban a hacer unas preguntas y que si les decíamos mentiras ahí mismo nos iban a dejar”.

Altar en el camino
“Entonces me preguntaron: ‘hombre, ¿hay mucha guerrilla por allá abajo?’. Yo lo miré y le respondí: ‘¿Guerrilla? Hombre, allá sí hay, como un hijueputa‘. Y eso mismo le decía a la guerrilla cuando bajaba a Santa Ana. Yo creo que por eso no nos hacían nada, porque nosotros no les escondíamos las cosas”.

Cuenta Pedro López que cuando la guerrilla fue perdiendo el control sobre la carretera a Santa Ana aumentaron los combates: “Cuando había combate, si venía de Santa Ana me devolvía la guerrilla, y si iba desde Granada me devolvía el Ejército. Pero una vez me tocó pasar casi frentiando las balas. Eso fue allá en Buenavista, en ese punto siempre había un retén. Lo primero que vi fue que había dos soldados muertos boca abajo. Nosotros quisimos seguir derecho. Cuando pasamos por el estadero comenzó a traquiar eso. ¡Qué traquido tan hijueputa! Don Carlos, que venía conduciendo, metió el carro a una zanja que había en todo el borde de la carretera y nos quedamos ahí respaldados por la montaña. Nosotros apenas escuchábamos como cuando uno avienta maíz a una lata. Cuando la cosa se calmaba un poquito, avanzábamos despacito y cuando se volvía a prender, esperábamos. Apenas llegamos a un punto que se llama La Estrella, subimos a toda y solo parábamos a recoger a la gente que se había escondido en las casas”.

Uriel ventanaLos conductores de buses y escaleras sufrieron mucho en medio de la confrontación. La sensación de peligro era latente. Uriel López dice que sus hermanos y amigos siempre esperaban una mala noticia porque en esa época muchos ayudantes y conductores fueron asesinados.

No saber qué tipo de personas estaban transportando también representaba un riesgo para los conductores. Este tipo de situaciones resultaban peligrosas sobre todo en el tiempo en el que las guerrillas ocupaban el territorio. En ese momento reinaba la desconfianza: por un lado, los paramilitares emprendieron la toma de Granada y sus alrededores; por el otro, las rencillas entre las Farc y el Eln eran constantes. En 1999, por ejemplo, el comandante del Frente Carlos Alirio Buitrago acusó al Noveno Frente de las Farc de haber asesinado a algunos de sus combatientes.

En un ambiente así cualquiera puede ser sospechoso, por eso a Pedro nunca le gustó llevar forasteros: “Una vez que iba de salida vi en el carro a un señor extraño. Me acerqué y le dije: ‘hombre, no bajés por allá. Si querés pasear, hacelo en otro lado porque allá el forastero tiene problemas’. Y no, que él iba para allá. Cuando llegamos yo descargué y me fui para el quiosco a tomarme un tinto. El tipo se entró para un negocio que queda al frente del quiosco y ahí mismo llegó un fariano a identificarlo. Ese forastero era como bravo por que se le enfrentó. El guerrillero sacó una pistola y le pegó con ella en la cabeza. Después le puso unas esposas y salió con él. La demora fue sacarlo del pueblito porque apenas llegaron al filito se sintieron tres tiros. Allá como que iba mucha gente a investigar o algo porque eso pasó varias veces”.

Los lunes, cuando la escalera de don Pedro salía de Santa Ana, la gente se acercaba a despedirse con el temor de que no volviera al viernes siguiente. “A uno siempre le daba mucho miedo. Yo a veces les decía: ‘yo por acá no voy a volver’, entonces la gente me decía: ‘¡ojo no vuelve!, no nos vaya a dejar solos’. No sé si es que se me quitaba el miedo o qué, pero siempre volvía los viernes”.

Solo una vez pensó seriamente en dejar el trabajo, y fue cuando unos paramilitares llegaron hasta su casa para interrogarlo: “Una vez me sacaron de la casa y me llevaron a uno montecito a las afueras de Granada. Nos llevaron a cinco, todos conductores de escaleras de por acá. Nos decían que le colaborábamos a la guerrilla porque viajábamos a Santa Ana. Como yo siempre andaba con la verdad, les decía: ‘miren, aquí el que tiene las armas manda. Nos obligan a hacer lo que ustedes quieren, y uno cómo se va a hacer matar. Muchas veces uno los carga a ustedes o a los de abajo, y uno qué va a saber quién es quién. Esto es para cargar a todo el mundo, esto es público. Si ustedes son enemigos, defiéndanse como puedan pero déjenme trabajar”.

“Esa rabia que les cogió. El que me estaba preguntando agarró el arma y empezó a hacer tiros al suelo, cerca de donde yo estaba parado”, cuenta don Pedro mientras mira al suelo y se frota las piernas, como limpiándose la tierra que lo salpicó esa noche.

Para ese entonces, el Ejército había logrado controlar gran parte del territorio. Según los datos de la Coordinación Colombia Europa Estados Unidos (CCEEU), los granadinos fueron víctimas del 40% de las ejecuciones extrajudiciales que sufrió todo el oriente antioqueño. Esta práctica llenó de desconfianza a la población y en cuestión de meses, entre 2001 y 2002, Santa Ana quedó casi desolada.

En ese momento, la Escalera Verde, la que nunca dejó de ir a Santa Ana, la que fue blanco de los grupos armados y se convirtió en símbolo de resistencia, también ayudó a salvar los bienes de las familias desplazadas.

“Cuando el Ejército entró convirtió al corregimiento, prácticamente, en una base militar. Ocuparon casas y espacios públicos”, afirma el Observatorio de Paz y Reconciliación. Así lo recuerda Pedro López: “A mí no me tocó llevar a ningún desplazado porque a la gente le daba mucho miedo pasar por Granada y encontrarse con el Ejército o los paramilitares. Salían con lo que tenían puesto por una carretera que los sacaba a la Autopista. Como yo era el único que iba a Santa Ana, me llamaban para que les bajara parte del equipajito a Medellín”.

En el año 2009, el gobierno de Álvaro Uribe lazó el programa “Retornar es vivir”, por medio del cual se destinaron recursos para que los campesinos desplazados por la violencia volvieran a sembrar. Sin embargo, fue solo hasta 2013 que retornó el transporte diario al corregimiento.

Uriel conduce
Ahora, después de 13 años en los que la Escalera Verde nunca dejó de ir, hay tres chivas más que realizan el recorrido. Don Pedro, sin embargo, le dejó el trabajo a su hijo Edwin y a Uriel, quienes afirman, un poco en broma y un poco enserio, que si la violencia vuelve ellos no tendrían el mismo coraje de don Pedro, y tal vez dejarían de ir al corregimiento.

De lo contrario, los habitantes de Santa Ana seguirán escuchando las bocinas que han sonado todos los fines de semana, a las mismas horas, durante más de treinta años, anunciando que su Escalera Verde no los ha dejado solos.

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